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Periodismo: ¿oficio o profesión?

Por Yuri F. Torrez - Columnista - 6/04/2012


García Márquez sentenció: “el papel de la academia es descorazonador”. La formalización aquí no cabe; está en contra todo espíritu del sentido común que debe valorar quién es más apto para el oficio periodístico y si un periodista con título académico tiene esas aptitudes será el elegido o a la inversa.

El 7 de octubre de 1996, Gabriel García Márquez en Los Ángeles daba una conferencia que le puso un título sugestivo:

“Periodismo: el mejor oficio del mundo”, en la que reflexiona sobre la relevancia del ejercicio periodístico concluyendo que a pesar de los esfuerzos de otorgarle un estatus académico a través de la creación de las Carreras de Comunicación, por su propia naturaleza germinal, el periodismo es esencialmente un oficio y, en consecuencia, decía el autor de “Cien Años de Soledad” que “el periodismo se aprende haciéndolo”.

Este debate en torno a que si el periodismo es un oficio o una profesión viene a propósito de un pronunciamiento público de varias instituciones académicas que forman a los comunicadores y de algunos gremios que aglutinan a profesionales de esta disciplina. A contrapelo de la definición de García Márquez, el mencionado comunicado señala categóricamente que el “periodismo es una profesión” y, por lo tanto, su ejercicio sólo debería estar reservado para aquellos periodistas que acrediten su título académico como establecen algunas normativas e inclusive prevé sanciones penales para todos aquellos “periodistas empíricos” infractores que tengan la osadía de usurpar las funciones destinadas solamente a los académicos de la comunicación.

¿Qué tal si damos rienda suelta a nuestra imaginación y nos imaginamos a García Márquez —que en su vida no transitó por las aulas universitarias aprendiendo periodismo— ejerciendo ilegalmente la “profesión de periodista” en Bolivia? Si esta normativa legal se cumpliera, el destino inexorable del autor de “Noticia de un secuestro” como periodista empírico sería la cárcel. ¿Qué diría en su defensa García Márquez sentado en la silla de los acusados? Seguramente repetiría aquellas palabras vertidas en la conferencia en Los Ángeles: “El oficio se aprendía en las salas de redacción, en los talleres de imprenta, en el cafetín de enfrente, en las parrandas de los viernes. Pues los periodistas andaban siempre juntos, hacían vida común, y eran fanáticos del oficio que no hablaban de nada distinto del oficio mismo. La misma práctica del oficio imponía la necesidad de formarse una base cultural. La lectura era un vicio profesional. La mayoría de los profesionales no tenían ningún diploma, o lo tenían de cualquier oficio, menos del que ejercían”.

Aunque el Comunicado de los profesionales de la comunicación tiene el propósito de jerarquizar al papel del periodista en la sociedad, empero caen en una mirada maniquea ya que entre líneas de este documento subyace subrepticiamente que la crisis del periodismo actualmente es por culpa de unos empíricos que carecen de la formación académica que desemboca que su papel esté impregnado de fallas de rigurosidad periodística reñidas con la ética periodística. En todo caso, este es un supuesto erróneo ya que la ética de un periodista, por ejemplo, no necesariamente está asociada a un conocimiento académico de “memoria” de una normativa; sino que intervienen factores desde aquellos relacionados a la formación personal hasta factores institucionales y sociales en la tarea periodística.

A propósito de la formación académica de los profesionales de la comunicación, el propio García Márquez sentenció: “el papel de la academia es descorazonador”. Por otro lado, en el periodismo, no puede aplicarse a rajatabla las reglas disciplinarias de la medicina o de los gremios que, como los auditores, exigen inscripción a su colegio para permitir el ejercicio profesional. La formalización aquí no cabe; está en contra todo espíritu del sentido común que debe valorar quién es más apto para el oficio periodístico y si un periodista con título académico tiene esas aptitudes será el elegido o a la inversa.

El autor es sociólogo.


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