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Día del Niño

Por Ramón Rocha Monroy - Columnista - 12/04/2012


Desde 1955, el 12 de abril se celebra el Día del Niño. Tres años antes, la OEA y Unicef lanzaron la Declaración de Principios Universales del Niño para tratar de frenar la desigualdad y el maltrato que sufren los pequeños sobre todo por la pobreza, la desnutrición, el trabajo temprano y la falta de oportunidades de educación. Hace poco, Unicef me designó Amigo de la Infancia, junto a músicos, artistas, deportistas y otras personalidades del país; un honor que aquilato como el más grande que haya recibido en seis décadas de vida.

Recordando el Día del Niño, encontré un texto que publiqué cuando mi hija Raquelita tenía cinco años. Hoy, que está a punto de darme una nieta, quiero compartirlo con ustedes en homenaje a los pequeños que me rodean y son la sal de mi vida. Ojalá que la edad no los llene de prejuicios, de odios y de mala leche, como ha ocurrido con nosotros, y mantengan por siempre esa capacidad de asombro, esa alegría innata, esas energías y esa ilusión que les permite dormir tranquilos y levantarse de la cama como generadores voltaicos. Ahí va el texto.

PARA UNA NIÑA CURIOSA.- Raquelita es curiosa como cualquier niña. Todo encierra un misterio para ella, pero ninguno más grande que el cuerpo humano. Se toca el pecho y pregunta: “¿Escuchas mi corazón?”. Entonces yo le cuento lo siguiente:

El cuerpo humano está lleno de bolsitas. La cabeza es un cantarito que guarda una bola llena de ideas y sueños. Las costillas son una canasta que guarda muchas bolsitas: los senos son bolsas de leche, el estómago una bolsa de alimentos, el corazón una bolsa de sangre.

El corazón es generoso, comparte su sangre con todas las bolsitas. Es que el cuerpo no conoce de egoísmo: todas las bolsitas comparten todo lo que tienen.

--¿Y por qué uno se muere? –pregunta Raquelita.

Uno se muere por puro egoísmo. De repente el corazón se vuelve gruñón y ya sólo quiere dar mala sangre, el estómago sólo quiere repartir mal alimento, la cabeza sólo quiere compartir ideas tristes y pesadillas. Entonces todas las bolsitas entristecen, porque no están acostumbradas al egoísmo y mueren.

Raquelita pregunta cómo se forman los niños, y yo le digo: Los niños se forman por amor. La mamá se enamora del papá y quiere compartir todo lo que tiene con él, y el papá lo mismo. La mamá tiene en el vientre una bolsita que le sirve para compartir todo con papá, porque la bolsita termina en un hoyito, y la que tiene papá termina en un piquito. Con ese piquito y ese hoyito, papá y mamá se unen, y eso les produce inmensa alegría. De la unión se forma otra bolsita llena de vida, que queda en el vientre de mamá. De inmediato el corazón y el estómago de mamá extienden una tripita para alimentar a la bolsita de vida y conseguir que se convierta en un bebé fortachón.

Pasan nueve meses y el bebé ha crecido mucho. Oye la risa de mamá, la voz ronca del papá, las travesuras de los hermanitos, el canto del gallo, el silbido del viento, el tamborileo de la lluvia y se muere de ganas de conocerlo todo, como tú, Raquelita, porque se ha convertido en una bolsita llena de curiosidad. Por eso da puñetes y pataditas de impaciencia, hasta que el muy pícaro descubre el hoyito de mamá y un buen día se da modos para salir por él. Entonces abre sus ojos, que son dos bolsitas de imágenes y colores, y todo enterito se convierte en una bolsa de alegría, de risas y de juegos.

Y es que la vida, Raquelita, no es ningún secreto.

El autor es cronista de Cochabamba


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