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A la deriva

Por Waldo Peña Cazas - Columnista - 17/06/2012


A la deriva

Sea el Estado lo que fuere, 

ninguna sociedad navega por aguas mansas. Pero nosotros 

vamos con pilotos chambones e irresponsables, a merced de las olas, haciendo aguas y, lo peor, sembradores de vientos y 

tempestades


La historia es un mar tempestuoso y Bolivia es una nave al garete. Parecen metáforas gastadas, marchitas; pero pintan bien nuestra situación en mundo siempre convulsionado. El hombre nunca ha podido resolver sus conflictos con el Estado y, jamás, en ningún lugar, el orden social ha coincidido con los valores e ideales proclamados en el hogar y en la escuela. Hoy, casi todos los gobernantes del mundo son elegidos democráticamente; pero el voto mayoritario nunca ha garantizado la justicia ni la paz.

En teoría, todos los hombres tienen derechos, obligaciones, responsabilidades y, para evitar tempestades, transfieren muchas de ellas a un ente abstracto llamado Estado, dirigido por un capitán encargado de navegar hacia puerto seguro. En los hechos, el Estado está en otra dimensión y se manifiesta sólo como gordos e insensibles funcionarios, ajenos a las miserias y desgracias comunes. El Gobierno es sólo una parte del Estado; pero administra y coordina casi todo: ¿cuánto dinero y esfuerzo destinamos a la educación, a la salud, a la milicia? ¿Construimos una carretera, un ferrocarril o respetamos la naturaleza? ¿Qué producimos y qué consumimos? Si los Gobiernos deciden favoreciendo a unos sectores en desmedro de otros, los conflictos son inevitables. Peor: si no saben administrar los conflictos que crean, el Estado es un barco a la deriva.

El Estado corporativo es una maquinaria poderosa que regula, jerarquiza y controla todas las actividades mediante un sistema de remuneraciones, status y autoridad ordenado y racionalizado; pero está siempre fuera del control de las leyes, de la razón y alejada de los valores humanos. Sólo permite el enriquecimiento ilícito de los jerarcas con un sistema no condicionado a la justicia, a la igualdad, a los derechos, a las libertades individuales. Funciona más bien como un instrumento coercitivo incapaz de atender demandas salariales, sectoriales y regionales. ¿O exigimos al Estado mucho más de lo que puede hacer? Recuerdo muy bien un chistoso discurso de Goni Sánchez, a la sazón Presidente de la República: “La educación no es obligación del Estado, sino de la sociedad”. Por cierto, todos somos responsables de nuestra felicidad o de nuestra desgracia; pero si todos atendemos a la educación, a la salud, a la seguridad pública, a los servicios básicos, ¿por qué pagamos impuestos y para qué diablos sirve el Estado?

El problema es entender qué es el Estado y qué la sociedad. Esto depende de la formación y concepción de la vida y del universo de cada individuo: Tomás de Aquino veía al Estado como la concreción de una comunidad espiritual con fundamentos divinos, y por tanto más allá de lo terrenal y de la historia. Para San Agustín, el Estado era más bien el mal, el diablo; y Hobbes lo entendía como un pacto para evitar que los hombres se maten entre sí. Para Rousseau, era el sometimiento individual a la voluntad general; y para Spinoza una comunidad de hombres libres que viven según un “decreto común”. Platón, Campanella, Tomás Moro y Huxley concibieron diversas teorías utópicas. Los alemanes identifican al Estado con la Nación y lo consideran “el espíritu nacional”; pero en todo tiempo y lugar el Estado no ha sido más que el dominio de una clase sobre otra.

Sea el Estado lo que fuere, ninguna sociedad navega por aguas mansas. Pero nosotros vamos con pilotos chambones e irresponsables, a merced de las olas, haciendo aguas y, lo peor, sembradores de vientos y tempestades. Parecen disfrutar de un romántico crucero de placer. ¿Se hundirán con la nave, llegado el caso? Habrá que dudarlo.

 

El autor es escritor 


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