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La muerte del Tratado de 1904

Por Cayo Salinas - Columnista - 1/07/2012


El tema marítimo amerita la existencia de un norte definido en torno a una estrategia. No caben fracturas que den cuenta de actitudes -- sea de oficialistas u opositores-- que privilegien credos partidarios antes que el interés nacional frente al  derecho imprescriptible e indeclinable de acceder, con soberanía, a las costas del Pacífico. Por ello, tenemos el deber de apoyar al Gobierno en todas las acciones que lleve a cabo en esta materia en tanto las mismas sean parte de dicha estrategia, que por cierto, ¡no se las anuncia en prensa! En ese orden de cosas, seguramente todos los bolivianos compartimos los deseos de Evo Morales de dar muerte al Tratado de 1904 o cuando menos, renegociarlo en términos más favorables. 

Lamentablemente la mala noticia es que ¡no se puede! No existe posibilidad alguna de que un país serio e incluso uno medianamente serio, anuncie que ha asumido la decisión de declarar muerto un tratado. Así no funciona el mundo civilizado, porque de lo contrario, la falta de respeto y cumplimiento a reglas trazadas precisamente para ordenar la conducta humana y con ella la de las naciones, generaría un caos de tal magnitud donde no sería posible hablar de civilización. 

La otra mala noticia es que los deseos del Presidente han develado que la Cancillería hace aguas en esta materia y que esa orfandad y ausencia de un plan viable que sea realista y no mediático, ha motivado a que Evo  salga por los fueros de cada uno de los bolivianos y olvidando que un funcionario público de ese rango no puede cometer gafes en este terreno, ha exteriorizado impotencia y frustración por los reveses recibidos –el último de ellos en Tiquipaya– para declarar, de un plumazo, que el Tratado de 1904 está muerto. La tercera mala noticia es que el principio pacta sunt servanda  es universal. No cabe divagación respecto a si un país, bajo la línea gubernamental que impere en el momento, pueda otorgarse libertades para decidir si a un tratado lo declara muerto o no, o lo que es lo mismo, si decide cumplirlo o no. Y si bien suena que las guerras no otorgan derechos, en la práctica sí lo hacen porque de ellas surgen vencedores y vencidos, sino no existirían tratados y nunca podría haber nacido a la vida pública por ejemplo, el de Versalles o el Tratado de París de 1947. En resumida cuenta, todo tratado obliga a sus partes sucribientes a cumplirlo de buena fe. La única manera para que pueda ser anulado, revisado o modificado, pasa por el acuerdo voluntario de las mismas, no por la decisión unilateral de una de ellas. Termino aquí: si del mar se trata, no sirven declaraciones o apariciones en medios de prensa, menos diatribas al oponente a quien a diario fortalecemos más. Necesitamos un plan estratégico en la materia, que esté revestido de sustento jurídico, sagacidad política y astucia diplomática. Sólo entonces habrá posibilidad de que aspiremos a mirar la luz al final del túnel.

 

El autor es abogado


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