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Confesiones de un omiso
Por Luis Christian Rivas Salazar - Columnista - 4/07/2012
Mi primo Gerardo había salido bachiller con honores del colegio La Salle el año 1988. Sus padres estaban muy orgullosos por eso, pues una década de sacrificios económicos eran recompensados con la superación de una meta más en la vida de aquel joven, que elegiría la carrera militar como medio de profesionalismo. Sus padres lo apoyaron para luego arrepentirse; un trágico día, unas balas fueron a estrellarse contra ese muchacho que apenas ingresaba a la segunda década de su existencia.
Razón suficiente para que mi madre no permita que sus hijos se junten con la masa soldadesca y me proteja en sus faldas maternales. Recurrió a la ayuda de otro primo para intentar evitar incluso el servicio premilitar. Este primo, cuyo nombre no puedo recordar por razones obvias, estaba en un alto rango castrense, en un cuartel en el oriente boliviano y había conseguido una plaza fantasma para mí. Todavía con mis 15 primaveras, terminando mi año colegial, tuve que trasladarme al pueblo fronterizo en cuestión para “terminar” mi instrucción premilitar.
En efecto, estuve dos meses “bajo bandera” haciendo amistad con militares antes que con premilitares. Para estos últimos yo era un intruso inaceptable, pero para los primeros yo era el primo del jefe, por lo que merecía ser tratado como un turista dentro del cuartel, y así fue. Unas cuantas vueltas, paso comando, para después pasear por la plaza principal para chequear bellas mocitas montadas en caballos, como también cometer algunos abusos por nuestro “rango”. Por ejemplo, mi compañero que terminaba su instrucción militar me demostró cómo se trata a los mostrencos. Divisamos a un novato, lo mandó a llamar, le entregó un boliviano para que compre crema de lustrar y haga brillar sus botas y de paso le devuelva su cambio. El sarnita hizo todo eso con miedo y en un santiamén en plena glorieta del pueblo.
Me sorprendió ver cómo los jefes tenían sus granjas dentro del cuartel. Eran propietarios de varios animales, sobre todo lechones que les pertenecían, pero eran cuidados y mantenidos por nuestros impuestos y los desechos (mierda) limpiados por los soldaditos para beneficio y lucro personal de los Mayores. ¡Así se sirve a la Patria!
El día de mi licenciamiento, cometí el error de asistir al festejo que habían organizado mis camaradas. Después de unas chelas, influenciados por el alcohol y con resentimiento en sus cerebros, esos infelices licenciados decidieron votar al río-balneario al primo privilegiado del jefe, después de que éste les advirtiera que no sabía nadar por ser oriundo de un valle donde no había ríos tan caudalosos. Me habría ahogado si no hubiera sido por un alma caritativa.
Así comprendí el espíritu subordinado de esa masa parasitaria enquistada en el cuartel, una institución que comercia libretas, porque hasta ahora, en este país pacífico constitucionalmente, el servicio militar sigue siendo obligatorio.
No puedo decir nada de aquellos jóvenes que creen que llegan a ser hombres sólo entrando al cuartel, como aquellas mujeres que sólo son hembras siendo madres. Su mentalidad tradicional conservadora se afirma con dosis de machismo, autoritarismo y paternalismo que pueden encontrar en esos muros. Al final, la esclavitud es esclavitud aunque otros la llamen servicio militar obligatorio. Por ser obligatorio es inmoral; pero es también real que son los pobres quienes no pueden eludir esta pesada carga y pérdida de tiempo.
Estos recuerdos me trae la promulgación del Decreto Supremo 1256 que crea la Empresa de Construcciones del Ejército (ECE). Brazos de esclavos para construir caminos y otras obras civiles, negociados y privilegios para algunos. Mientras que otros pierden empleos remunerados y los constructores piden menos trabas legales para acceder a construir esas obras.
El autor es abogado
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