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De Olga Prestes a Roger Pinto

Por Julio Carrasco Galván - Columnista - 4/07/2012


Tras incitar a la “Rebelión de los Tenientes”, el año 1922, el capitán brasileño Luis Carlos Prestes comandó la más legendaria guerrilla de la historia sudamericana. De 1924 a 1927, a lo largo de 25 mil kilómetros, la “Columna Prestes” eludió la persecución del ejército “verde-amarelo” y acabó refugiándose en territorio boliviano.

El año 1935, con el respaldo de la Internacional Comunista de Stalin, Prestes volvió a escaldar al Brasil con un cruento golpe de Estado que pasó a la historia como “la intentona comunista” contra el dictador Getulio Vargas. La sangre llegó al mar en Praia Vermelha (Playa Roja), cerca de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ).

La mujer de Prestes, Olga, era una judía alemana y para colmo comunista que fue apresada por la policía brasileña. Sin considerar que cargaba siete meses de embarazo con la hija de Prestes, Getulio Vargas le aplicó su justicia: La obligó a volver a la Alemania de Adolfo Hitler con un sui generis salvoconducto.

Olga Prestes no había cometido ningún delito en Alemania, no obstante Brasil la entregó directamente a la Gestapo. Tras parir a una beba brasileña, en el campo experimental de exterminio de Ravensbruck, fue de las primeras judías a ser asfixiada en una cámara de gas. Su hija, Leocadia Prestes, sobrevivió y llegó a ser catedrática de la UFRJ.

Abogado, intelectual y populista, Getulio Vargas era un acérrimo anticomunista que judicializaba la política con la frase “para los amigos todo, para los enemigos justicia”. El presidente de Bolivia, Evo Morales, encaja en ese universo kafkiano cuando dice “si es ilegal le meto nomás, después mis abogados lo arreglan”.

La sórdida entrega de Olga Prestes a los nazis y el manejo discrecional del poder judicial que imponía “papá” Getulio son baldones judiciales y diplomáticos que Brasil parece haber superado. No vemos pues ninguna posibilidad de que Itamaraty reconsidere el asilo político que le concedió a Roger Pinto, senador boliviano por el departamento de Pando.

La presidenta socialista del Brasil, Dilma Rousseff, sufrió también los rigores de una dictadura (quizás no tanto como Olga Prestes), pero sería aberrante que en democracia reedite las infamias cometidas por el “Estado Novo” o el siniestro “Plan Cóndor” de los gobiernos militares, que intercambiaban líderes políticos de oposición para hacerlos desaparecer.

Mientras siga apoltronado en la Embajada de Brasil en La Paz, que a derecho es territorio extranjero, Roger Pinto seguirá siendo una papa caliente tanto para sus anfitriones como para sus acosadores. Por tanto, lo más cuerdo que puede hacer el Gobierno boliviano es acortar su agonía y darle nomás un salvoconducto para que apague la estufa y se vaya al aeropuerto.

El autor es arquitecto


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