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Monstruo de dos cabezas

Por Mónica Briançon Messinger - Columnista - 17/07/2012


Si se mira con el ojo derecho ella es ordenada, limpia y con algo de árboles, si se mira con el izquierdo, es sucia, desordenada y desértica. Ella sufre de esquizofrenia y está dividida entre la evolución y el salvajismo puro. No sabe por cuál decidirse, ya que si obedeciese a sus impulsos más oscuros y desmedidos, con seguridad acabaría devorándose a sí misma, con lo que el natural impulso de la auto preservación quedaría aniquilado en dos quinas, sin derecho a reclamo alguno.

Si se abandonase a sus excesos, esta arpía de dos cabezas, acabaría en una orgía cementera, plagada de construcciones enanas, con tendidos eléctricos caóticos, montones de basura por todo lado y cometiendo “arboricidios” en cada invierno. Decidiría que los lugares asignados a estacionamientos tarifados son una estupidez y tranquilamente colocaría su auto encima de las aceras, contribuyendo a su destrucción.

Si optase por controlar sus impulsos naturales, para conducir su energía por otros canales, lo más seguro es que respetaría las cebras, los parqueos, las tarifas, los semáforos, dejaría a los árboles en paz, levantaría las bellezas que hace su perrito en la calle y no se metería a cizañear, evitando derramar su mala leche cada tanto.

Sin embargo, ella no se decide, quiere dejar que sus arrebatos salgan por todos sus orificios, explotando en un orgasmo urbano de lo más brutal, porque cuenta con el beneplácito de ciertas autoridades edilicias, tan serviciales, que están dispuestas a hacer trampa, borrando con el codo lo que escribieron con la mano al tratar de permitir, por ejemplo, que los autos oficiales se estacionen en sitios no permitidos, justificando este hecho sólo porque son vehículos públicos. Así le dan el gusto a la cabeza libertina.

A la otra cabeza le dan el gusto a medias, la ordenan y la ponen bonita cuando llegan autoridades de otras latitudes, le controlan la terminación de sus placas durante un tiempo, la llenan de flores, le parchan sus baches y le hacen creer que es bonita, susurrándole al oído piropos mentirosos, como que tiene un poncho verde y un río caudaloso.

Por supuesto la pobre no sabe a quién creerle y termina muy embrollada, a veces llena de esperanza y las más triste, deprimida, cansada, agotada y frustrada; por eso es que Cochabamba fácilmente se ha transformado en una bestia de dos cabezas, de la avenida Aroma hacia el norte una cabeza empieza a tener árboles, jardineras, uno que otro contenedor, algún oficial de tránsito que le controla el tráfico y calles más o menos presentables. Hacia el sur la otra cabeza está llena, a reventar, de puro caos y anarquía, donde reina el comercio informal, la violencia callejera, los robos y atracos y ésta, la sureña, va venciendo a cualquier intento de urbanismo, transformando a la llajta en una localidad desangelada.

Para muestra, basta un botón, ahí están los inescrupulosos comerciantes de la Santa Cruz, quienes exigen licencias de funcionamiento, cuando saben que lo que piden es ilegal.

Sin embargo no es culpa del norte o del sur, cada élite al tratar de ignorarse, y hacer las cosas a su manera, lo que está consiguiendo es profundizar la división, ahondando las diferencias, cuando lo mejor sería tratar de unificar a la ciudad, con un solo norte y con autoridades que se hagan responsables de sus mandatos, sin buscar para sí el beneficio que da, temporalmente, el poder.

¿Qué tal si decidiésemos convertirnos en un bastión verde y ambientalmente sostenible?, porque de momento, la cabeza sureña será la ganadora, ni duda cabe.

La autora es comunicadora social

monica_briancon@bolivia.com


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