Columnistas

Jueves 23 de mayo del 2013. Actualizado a las 22h57 (Gmt -4)

Buscar en lostiempos.com

Ed. Impresa PROJECT SYNDICATE

Islas de aislamiento

Por Guy Sorman - Periodista Invitado - 23/07/2012


PARIS — Los japoneses y los británicos pueden parecer muy diferentes, pero una mirada más atenta revela que estos dos pueblos isleños comparten algo así como un destino paralelo. Con sus viejas ambiciones imperiales y su desprecio generalizado por los grandes continentes de los que los separan los más estrechos de los mares, tanto los británicos como los japoneses son vulnerables a la melodía de aislamiento de las sirenas. Desafortunadamente, ambos hoy parecen sucumbir a esa peligrosa tentación.

Quizá la geografía sea el destino. Como isleños, los británicos y los japoneses tuvieron relaciones cautelosas —y muchas veces un complejo de superioridad— con sus grandes vecinos continentales, Europa y China respectivamente. Ambos históricamente compensaron su aislamiento con gobiernos centrales fuertes, marinas poderosas, un espíritu empresarial dinámico, una cultura vibrante y una ambición imperial.

Hoy, Japón y el Reino Unido pretenden ser sociedades abiertas, interesadas en el proceso de globalización. En realidad, ambos países siguen manteniendo una actitud básicamente introspectiva y están preocupados por la desintegración de su cultura original. Los dos intentan desesperadamente mantener a los inmigrantes a raya, ya sea a través de la segregación cultural en el Reino Unido o, como en el caso de Japón, mediante el simple rechazo. Cuanto más se entrelazan las civilizaciones en el nuevo orden mundial, más los japoneses y los británicos se sienten tentados de mantenerse distantes y apartados.

En Japón, la tentación aislacionista se manifiesta en la nostalgia actual por el período Edo, entre 1600 y 1868, antes de que el emperador Meiji abriera Japón al mundo. "De vuelta a Edo" se ha convertido en el espíritu dominante y en el tema de debates públicos, promovido por escritores, expertos e historiadores como Inose Naoki (que también es vicegobernador de Tokio), quienes sostienen que los japoneses eran mucho más felices dentro de su mundo cerrado, felizmente aislados de la búsqueda de éxito material y status internacional.

Este discurso de "De vuelta a Edo" se traduce en el rechazo de los japoneses jóvenes a aprender un idioma extranjero o a viajar al exterior. De hecho, en Europa, Norteamérica y otras partes, los turistas japoneses omnipresentes de los años 1970 han sido reemplazados por turistas chinos y coreanos. La cantidad de japoneses que estudian en el exterior hoy registra un nuevo mínimo en el mismo momento en que surcoreanos y chinos se aglomeran en universidades europeas y norteamericanas. Hasta las grandes universidades del mundo, desde Harvard hasta Oxford, tienen cada vez menos estudiantes japoneses.

En esto los británicos imitan mucho a los japoneses: cada vez son menos los que estudian idiomas extranjeros, que cursan carreras en el exterior y que siguen el viejo camino de trabajar en Hong Kong, Singapur o Australia. Este sentimiento de "pequeña Inglaterra" es tan prevaleciente hoy en día que el Gobierno del primer ministro David Cameron quiere llevar a cabo un referendo para preguntarles a los británicos si les gustaría seguir perteneciendo a la Unión Europea, una votación a la que ni la archi-euroescéptica Margaret Thatcher alguna vez se atrevió.

La perspectiva de un referendo refleja el sentimiento que impera entre los Tories, que a veces mencionan a Noruega —un país que no es miembro de la UE y cuyo papel principal en los asuntos globales es otorgar el premio Nobel de la Paz— como un modelo para el rol de Gran Bretaña en el mundo. Por supuesto, Noruega tiene el ingreso per cápita más alto del mundo. Pero éste no es el patrón relevante con el cual el Reino Unido u otros países occidentales deberían compararse, porque Noruega tiene una población pequeña y homogénea y está sentada sobre recursos naturales vastos —y bien administrados.

Si les dieran a elegir en un referendo, los británicos muy probablemente elegirían abandonar la UE, que en definitiva nunca les gustó. Esto tendría la consecuencia no deliberada de fortalecer a los federalistas en el continente, acelerando así la dinámica de integración que los británicos hoy quieren detener.

Por cierto, los británicos se retirarían de la UE al tiempo que Islandia, Serbia, Turquía y Ucrania, a pesar de la crisis actual de Europa, intentan ingresar. Y, si bien la eurozona puede estar en crisis, Polonia, entre otros, todavía quiere incorporarse en el futuro cercano. Los británicos pueden mirar por encima del hombro al euro —al que hasta el franco suizo supuestamente independiente está atado—, pero es casi una certeza que el euro seguirá siendo la moneda de casi 300 millones de europeos.

El aislacionismo, ya sea en Japón como en el Reino Unido, no sólo es una elección con poca visión de futuro; especialmente en el caso de Japón, puede ser peligrosa, en vista del ascenso de la vecina China. Tanto Japón como el Reino Unido, por más que no quieran admitirlo, dependen del mercado global. El aislacionismo dejaría a sus ciudadanos en malas condiciones para hacer frente a la competencia, y a sus gobiernos al margen de las decisiones que tienen impacto en la economía y el comercio global.

El aislacionismo tampoco puede garantizar la seguridad nacional en un momento de crecientes amenazas de grupos terroristas y crecientes ambiciones de parte de China y Rusia.

La nostalgia de Edo en Japón y el atractivo del modelo noruego en el Reino Unido no son elecciones racionales. Simplemente canalizan la cautela nacional en un momento de competencia global entre culturas, economías y ambiciones estratégicas emergentes.

A veces las naciones, al igual que los individuos, se cansan y añoran su juventud idealizada —un fenómeno recurrente que los historiadores llaman "declinismo". Sin importar si uno emplea ese término o si se trata del deseo de un respiro de la historia, Japón y el Reino Unido hoy parecen estar eligiendo un camino que sólo acelerará la decadencia.

El autor es filósofo y economista francés, es el autor de “Economics Does Not Lie”

© Project Syndicate y LOS TIEMPOS 1995–2012


Últimas noticias