Ed. Impresa PUNTOS DE VISTA
Ponme la mano aquí Macorina
Por René Antezana Juárez - Periodista Invitado - 7/08/2012
Era pues una “chamana”, como ella misma decía; una “chamana” que dejó más que una huella en la música popular latinoamericana porque hay canciones que jamás serán iguales luego de que pasaron por la voz de Chavela Vargas
Chavela Vargas ha muerto. Ella decía que la muerte siempre estaba ahí, que era una señorona algo tiesa, a diferencia de la vida, traviesa y alocada. Para muchos, Chavela Vargas ha sido la voz más maravillosa que ha dado la canción latinoamericana, no por lo afinada sino por lo intensa, tan intensa, que va directo a alguno de los temblores del alma o del corazón. Con una tonalidad áspera, su cantar es casi un susurro al oído, una voz donde la música apenas habita detrás del telón, donde cada verso cruza besando y repartiendo bendiciones con un dolor habitado por una melancolía inexplicable.
De la dimensión de las más grandes cantantes de la historia de la música popular, Chavela puso en el repertorio latinoamericano y europeo, principalmente, canciones que rasgan el corazón. Fue alcohólica, lesbiana y una provocadora con acto y palabra a cielo abierto, sin pelos en la lengua.
Por su actitud rebelde y siempre a contramano de lo que podría esperar de una mujer en un contexto machista, se ganó amigos y enemigos. Sus biógrafos cuentan que incluso hubo tiempos en los que vivió en la indigencia y todo lo que ganaba lo consumió en tequila. Pero más allá de las anécdotas de su vida, Chavela Vargas apuñaló corazones con su voz; y uno de esos corazones fue, por ejemplo, el del cineasta español Pedro Almodovar que puso varias de sus canciones en algunas de sus películas más aplaudidas, además de ocuparse de promoverla en España y el continente europeo, cuando ya andaba por los 70 años.
De la mano de Almodovar, Chavela Vargas invadió las almas de nuevas generaciones, con una voz antigua y profunda que cantaba casi a capella.
Posteriormente, Joaquín Sabina le dedica una de sus canciones más memorables como es “Por el boulevar de los sueños rotos” donde dice: “En el boulevar de los sueños rotos / Vive una dama de poncho rojo / Pelo de plata y carne morena. / Mestiza ardiente de lengua libre, / Gata valiente de piel de tigre / Con voz de rayo de luna llena.(…) Se escapó de cárcel de amor, / De un delirio de alcohol, / De mil noches en vela. / Se dejó el corazón en Madrid / ¡quien supiera reír / Como llora Chavela!”
Para mi, Chavela Vargas es una chamán, una sacerdotisa, que cuando la escucho ocurre algún ritual que me devuelve a un tiempo donde conviven muchas memorias: la memoria de una infancia donde mis padres ponían discos con boleros; también aquella memoria de los días encapsulados en la sala de un cine donde veíamos películas mexicanas mañana tarde y noche y sonaban rancheras que luego las escuché / sentí en la voz de la Chavela como las insuperables “La llorona” o “Macorina”; o cuando su voz nos acompañó días donde en algún cuarto de estudiante de universitario discutíamos sobre marxismo y su voz alimentaba nuestra precoz rebeldía; así, siempre presente entre tiempos y tiempos, hasta que Almodovar la puso en la pantalla y Sabina se hizo su gran amigo y cantó con ella para todos nosotros.
Era pues una “chamana”, como ella misma decía; una “chamana” que dejó más que una huella en la música popular latinoamericana porque hay canciones que jamás serán iguales luego de que pasaron por la voz de Chavela Vargas que, en su acto ritual y chamánico de cantar, las transformaba en un canto que salía como un gemido de siglos, de siglos de un alma donde siempre hay un abrazo en el que me reconozco: “después el amanecer / que de mis brazos te lleva / y yo sin saber que hacer / de aquel olor a mujer / a mango y a caña nueva / con que me llevaste al son caliente de aquel danzón / ponme la mano aquí, Macorina / ponme la mano aquí!” . Agradecido por siempre, descansa en paz Macorina.
El autor es poeta y gestor cultural
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