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Su escritorio, como lo dejó

Por Mónica Olmos Campos - Columnista - 17/08/2012


Frank se levantó de su asiento para saludarme. Tiempo había pasado pero lucía como hace 15 años. Manifestamos nuestra alegría por reencontrarnos y nos despedimos sin saber que sería para siempre. Al día siguiente fue asesinado con tres tiros. A su esposa le hicieron lo mismo.

Días después, en su oficina, reparé unos minutos en su escritorio. Parecía un hombre entregado a su trabajo, de aquellos que lo hacen inteligentemente: ni demasiado que te destruya ni poco que también lo haga. Sobre un montón de papeles, su sombrero, bien usado, usado por el que sabe vivir en el campo, en Kaluyo donde seguro le gustaba estar, ahí mismo donde acabaron con su vida.

Usaba más de una agenda y le gustaba el chocolate, tenía una bolsa sobre su escritorio.

No estará más, más y el mundo tratará de seguir sin él. Sus compañeros de trabajo aún no pueden entender qué pasó, por qué hicieron que se fuera… para siempre.

“La vida es así de efímera”, les dije a sus excolegas quienes nunca más escucharán sus risas y putazos, su presencia.

El ser humano no está preparado para la muerte, no la entiende por muy sublime que sea la partida, por mucho que se haya vivido, por mucho que se haya disfrutado, por muy enfermo que te encuentres…la muerte es una mierda para quien se queda. Es dura, lastima, amenaza, te mete miedo, entras en pánico cuando piensas en que puede tocar tu puerta y llevarse a quien más amas.

Ojalá alguien pudiera explicarte que no es así…y tú creerle y aprender. Ojala alguien pudiera consolarte, ojalá alguien pudiera calmar el dolor, sacarte ese sentimiento de miedo que te persigue y no te abandona.

Ojalá alguien pudiera hacerte entender que es tan natural como nacer, pero no lo hay porque no lo es. La muerte es pérdida, es silencio, es ausencia, es soledad, es abandono sin consulta y sin permiso otorgados, es no entender por qué es así.

El escritorio está como lo dejó. Tenía planificado volver el martes, después del feriado del 6 de agosto. Volver a saludar a todos y sonreírles dulcemente como lo hacía. Volver a su rutina, agobiante o encantadora no sé, pero volver. Encender su computadora y hacer lo que sabía hacer.

No volverá y sus compañeros mantendrán por un tiempo más las cosas como están, hasta que el tiempo haga su trabajo, hasta que la vida se sobreponga a la muerte, hasta que se cansen de sufrir y eso les obligue a tratar de aceptar lo que pasó, sin poder hacerlo.

Así es la vida, pero así no debería ser la muerte. Uno debería morir de viejo, bien viejo, absolutamente viejo aunque digno aún.

Debería dejar que te despidas de los que amas. Debería dejarte decir gracias Dios. Debería dejarte pedir perdón por los errores, debería permitirte decir que estás listo. Cuando no te dejan y te arrebatan el momento, es más tormentosa la partida.

Se fue una linda persona, un compañero, un padre que no tuvo tiempo de despedirse de sus dos hijos, abatidos hoy tratando de hallar consuelo en aquello que su madre les enseñó: aceptar la ley divina. Ella era activista de la palabra de Dios.

Lo único positivo de pensar la muerte es que nos enseña que esta vida es una sola, que debes amar con pasión y sin pausa, que nada vale que odies, que te maravilles con lo más simple de tu existencia, que te solaces escuchando a tus hijos reír y que rías a carcajadas con quienes compartes el ahora.

La autora es comunicadora social

molmitos2010@gmail.com


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