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De mensajeros, borrachos y locos
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De mensajeros, borrachos y locos

Por Juan José Toro Montoya - Columnista - 13/09/2012


Las sociedades primitivas eran supersticiosas y oscurantistas. Supersticiosas porque atribuían casi todos los hechos a la intervención de fuerzas divinas y oscurantistas porque, alentados en parte por su superstición y en parte por su ignorancia, intentaban evitar la propagación del conocimiento.

Se dice que la frase “matar al mensajero” se origina en la actitud de ciertos gobernantes de la antigüedad que, invadidos por la ira que les producía conocer una mala noticia, mandaban matar a su portador porque asociaban su imagen al contenido del mensaje recibido. Es probable que uno o más reyes o reyezuelos del mundo antiguo hayan actuado así, pero el origen más aceptado de la famosa frase es la necesidad que tenían los gobernantes de que las malas noticias no sean difundidas. Si el mensajero había traído una noticia que el rey no quería que se difunda, lo único que tenía que hacer era ordenar su muerte.

Hoy en día, los gobernantes —especialmente aquellos con vocación de reyes o reyezuelos— suelen montar en cólera contra el o los medios que publicaron algo que no les gusta, que les perjudica o no quieren que se difunda. Cuando no pueden matar al mensajero —como se hacía en las dictaduras—, entonces le meten juicio.

Apartándome del origen de la frase, yo prefiero ubicarme en el siglo XXI y comparar a los ofendidos con borrachos bien vestidos. Imagínese usted a un borracho que viste un traje carísimo de diseñador que está bien combinado con su camisa, corbata y zapatos pero, obnubilado por el alcohol, protagoniza un escándalo de Padre y Señor mío con fracturas de huesos y destrozos de inmueble incluidos. Lo que hace el común de la gente en un caso como esos es hablar del escándalo, no de la ropa, pero el borracho se queja porque dice que sólo nos fijamos en lo malo y no tomamos en cuenta lo bien que estaba vestido.

Así son los poderosos de hoy en día: quieren que se hable sólo de lo bueno y se ignore lo malo, que no se difunda ni se conozca. Como la prensa es la que difunde los hechos, se convierte en el mensajero que porta noticias incómodas y, como el poderoso no lo puede hacer matar, entonces se queja: “ha tergiversado”.

El mejor ejemplo del ofendido que culpaba de todo a la prensa era Max Fernández. A su fallecimiento, el que tomó la posta fue otro Fernández, Percy, actual alcalde de Santa Cruz.

Es difícil saber qué pasa por la mente de Percy Fernández. Desde que lo vi en cuatro patas, actuando como perro y olisqueando el trasero de Gonzalo Sánchez de Lozada, tengo la impresión de que tiene problemas que ameritan tratamiento psicológico.

Sin embargo, en el último incidente, en el que humilló a un fotoperiodista de El Deber, dejó traslucir algo de lo que piensa de la prensa. “Cuenteros”, dijo y más adelante se quejó de que los periodistas no toman en cuenta lo que él hace por Santa Cruz. El típico ejemplo del borracho que se queja porque nadie se fija en su ropa luego de que hizo un escándalo o, en su caso, hizo muchos escándalos.

Yo no sé por qué un pueblo tan respetable como Santa Cruz sigue tolerando como alcalde a una persona como Percy Fernández. Lo único que puedo corroborar, luego de tantos años de ver reaccionar a los poderosos frente a las publicaciones en la prensa, es que éstos no han cambiado: siguen siendo primitivos, supersticiosos y oscurantistas.

Si dependiera de ellos, la prensa no existiría, pero, ya que existe, y es la luz que deshace su oscurantismo, entonces intentan acallarla de cualquier forma. Así de simple… 

 

 

El autor es Premio Nacional en Historia del

Periodismo

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