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Te pego porque te pego

Por Mónica Oblitas Zamora - Los Tiempos - 13/09/2012


Con un ojo en tinta y la boca hinchada por los golpes, una mujer en Santa Cruz fue noticia hace poco por haber apuñalado y matado a su pareja, un hombre de 35 años. 

Un noticiero local se trasladó presto hasta la cárcel donde la mujer está encerrada, para obtener su versión, aunque poco se escuchó de ésta. “El cuchillo atravesó el corazón del infortunado”, dice el reportero del informativo en tono acusatorio, “Era su pareja, pero lo mató”, recrimina el colega. 

La acusada-entrevistada que aparece en un primer plano, es una señora de no más de 45 años, menuda, con el pelo corto y los ojos achinados. Toda su cara parece un solo moretón. La mujer trata de explicarles al camarógrafo y al periodista que la entrevistan que se estaba defendiendo de una paliza que podía haberla llevado a la otra vida, pero la versión noticiosa obvia este detalle. La mujer ya ha sido condenada.

¿La causa de todo este drama que deja tres hijos en la orfandad? Los colegas del informativo dicen que el alcohol, porque la pareja se hallaba consumiendo bebidas espirituosas cuando sucedió el crimen, pero es una conclusión simplista y muy común: el trago sólo fue el detonante de algo que venía cocinándose hace mucho, como suele suceder en estos dramas pasionales. 

Bolivia es uno de los países con más alta tasa de feminicidios de América Latina de acuerdo a un reciente informe de las Naciones Unidas. Se sabe que siete de cada 10 niños o niñas sufren algún tipo de violencia, y que siete de cada 10 mujeres la sufre en su hogar. Además una de cada cuatro mujeres ha sido, o es, víctima de violencia sexual.

Sin embargo, ¿cuánto tiempo se detiene a un agresor en las instancias pertinentes? ¿Ocho horas?, ¿Diez? ¿Un día?, y luego del encierro, sin ninguna terapia de por medio, el abusivo sale con más rabia a golpear de nuevo a su mujer (hija, madre, hermana, etc.); no sabe hacer otra cosa porque ha vivido toda su vida en la violencia y la réplica. La debilidad de la justicia en estos casos se hace evidente cuando sólo el 0,01 por ciento de las denuncias hechas por mujeres abusadas terminan con una sentencia. Es decir, nada. 

El índice de violencia familiar en el país es lacerante, y lo es más el que, con estas altas tasas que no descienden, no existan programas estables y efectivos dirigidos a rehabilitar a las víctimas de este mal, tanto golpeadores como golpeados. Es una inversión a largo plazo sanar una sociedad y los Gobiernos, sin importar su ideología, están obligados a hacerla. 

La violencia se define como una enfermedad que sufren, además de quienes la reciben, aquellos que la ejercen: demuestra una incapacidad total de razonar, de tener control y de imponer criterios por otra vía que no sea la fuerza. Mezcle todo eso con alcohol  y el cóctel molotov está servido. 

La violencia doméstica no tiene patas cortas, y no es de extrañar que hurgando en los antecedentes de este occiso que nos ocupa, se encuentren registros de anteriores golpizas a su mujer y quizá de varias denuncias de ella que quedaron en nada. Hoy ella es la acusada y él está muerto. Generalmente es al revés.

 

La autora es periodista

monioblitas@gmail.com | Twitter: @monicaoblitas


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