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Gallosinazos, gonioperías y evadas

Por VeDOBLE - Columnista - 16/09/2012


Hoy, la palabra injuriosa es eficaz arma política porque los medios la difunden a masivos auditorios. Pero, aunque se base en un código social malvado, encierra siempre una verdad

Las tres palabrejas del título —inventadas por el anónimo ingenio popular— pintan bien el panorama político nacional de las últimas décadas. Los “gallosinazos” o “gallipavadas” se referían al alza del precio de los carburantes por el “Gallo” (MIR), las “gonioperias” a las aturdidas humoradas de Sánchez de Lozada para dorar sus excesos, y hoy las “evadas” aluden a los salivazos del Primer Mandatario. En este último caso, se ha publicado inclusive un libro con el título de marras.

Es una argucia lingüística antigua y sencilla: consiste en deformar un nombre o apelativo cambiando, omitiendo o agregando fonemas para asignarle un significado infamante: hace siglos, los enemigos de la Reforma cambiaban el apellido alemán de Lutero y le llamaban “Luder” (carroña). Por su parte, Lutero contraatacaba llamando  Dr. Dreck (Dr. Mugre) al Dr. Eck, su principal detractor.

El ardid se origina en un recurso legítimo de quienes no tienen más medios de opinión que su propia lengua, y los políticos vienen después, incorporando a su arsenal estas armas creadas por el ingenio anónimo. Así, pierden legitimidad convirtiéndose en terrorismo verbal destinado a destruir la imagen seria y solemne de los rivales políticos con golpes propinados bajo el cinturón, donde más duele. El control social y la vigencia de un sistema se sustentan en la moral vigente en cada época; pero la lucha política exige romper las reglas. Pero hablar de “evadas” es hacer lo mismo.

Una expresión lingüística puede ser considerada sucia, vulgar o incorrecta; pero refleja siempre la realidad interior de quienes la usan. Los sofistas griegos —discípulos en cierto modo de Heráclito— creían que la palabra (el “logos”) era el enunciado universal de una verdad general con una validez objetiva, aunque sin origen divino como origen y principio de las cosas. Con este criterio, los sofistas se convirtieron en maestros o artistas de la oratoria con gran influencia en las asambleas políticas. La verdad era algo secundario: lo importante era la destreza para hablar y escribir, así fuere disfrazando de belleza la mentira. 

En el mundo actual, el lenguaje cumple una función muy importante en el orden social y político; y tampoco importa mucho la validez de los recursos empleados en el discurso político. Lo que importa es la eficacia, pues la palabra debe explotar como una bomba destruyendo honras y prestigios, reales o falsos. En la definición de la sabiduría (sophia) la retórica mantiene una sólida posición, y toda discusión acerca de la verdad o la corrección del lenguaje político es superflua.

El discurso político, dicho en recintos parlamentarios o en cantinas, debe ser fundamentalmente persuasivo para el auditorio y letal para los rivales. Los golpes deben ser bajos, como los de un boxeador que pega bajo el cinturón. Es el lenguaje usado como un garrote, con un “logos” tendencioso, reducido a su más baja significación utilitaria, una caricatura grotesca de la verdad que resalta el peor aspecto de los aludidos. El lenguaje, convertido en un instrumento para propósitos políticos definidos, ha perdido eficacia como vehículo de expresión de pensamientos, sentimientos y emociones, y como medio de comunicación entre personas y grupos.

El insulto es una práctica social milenaria que surge de impulsos innatos en la naturaleza humana; pero antaño no trascendía el ámbito estrecho de los protagonistas. Hoy, la palabra injuriosa es eficaz arma política porque los medios la difunden a masivos auditorios. Pero, aunque se base en un código social malvado, encierra siempre una verdad.

 

El autor es escritor 


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