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¿Por qué nos interesan las elecciones en EEUU?

Por Fernando Mires - Columnista - 16/09/2012


La pregunta del título ha de parecer ociosa porque la respuesta es obvia. EEUU, aun en crisis, es una potencia económica y militar. De ahí que lo que sucede en ese país incide en la suerte del mundo que habitamos.

Sin embargo, no faltan las opiniones que aseguran que en las elecciones norteamericanas es muy poco lo que se decide, pues los dos principales partidos se diferencian como la Coca Cola de la Pepsi Cola. El chiste malo es de Fidel Castro y delata la falta de sensibilidad política del anciano déspota. Y es obvio: si para Castro EEUU es un imperio, da lo mismo quien será el emperador y luego, entre un Romney y un Obama no habría ninguna diferencia.

Algo más lúcido, Putin sabe que entre Romney y Obama sí hay diferencias. Los jerarcas chinos lo saben todavía mejor e incluso los autócratas de América Latina añoran los bellos tiempos cuando se lucían insultando (su deporte favorito) a Bush. Espectáculo que no pueden escenificar en contra de Obama entre otras cosas porque es más popular y respetado que ellos, aún en los países que dicen gobernar.

El discurso de Obama ha desactivado, en cuatro años, el de muchos autócratas y dictadores.

La política exterior de Obama no prioriza la superioridad bélica. Todo lo contrario: la pone al servicio del principio de la hegemonía política. Las rebeliones árabes, es el ejemplo más notorio, han contado con el apoyo explícito e implícito de EEUU. Las diferencias políticas entre Obama y Bush eran, para decir lo menos, enormes. Y ellas se proyectan en la relación negativa que establecen Obama y Romney; este último tan marcado por el pasado “bushista”, que a veces se tiene la impresión de que más que diferenciarse de Obama busca diferenciarse de Bush.

No obstante, en un punto tiene razón el dictador cubano.

Si bien las diferencias en los temas internos han sido y son enormes (sistema impositivo, subsidios, y hoy las migraciones, la energía, la educación y la salud), en materia de política internacional existió hasta el fin de la Guerra Fría un consenso entre republicanos y demócratas, uno que estaba signado por la existencia del mismo enemigo: la URSS. Sólo después de la desaparición del “enemigo” han surgido diferencias con relación al “mundo externo”.

En todo caso, la visión de los demócratas como palomas y los republicanos como halcones no tiene asidero. ¿Habrá que recordar que la guerra de Vietnam fue iniciada por un demócrata, Kennedy, y terminada por un republicano, Nixon? ¿O que la Guerra Fría comenzó con un demócrata, Truman, y terminada con un republicano, Reagan? ¿O que los bombardeos a Irak los comenzó el demócrata Clinton y los terminó el republicano Bush Sr. al negar el avance a Bagdad?

Ahora bien, independientemente a las diferencias entre los dos partidos, las elecciones norteamericanas han sido siempre seguidas con extraordinario interés desde el extranjero. Por eso es legítimo sospechar que, más que las diferencias, lo que concita interés mundial es el modo como ellas son transferidas a la escena pública. Efectivamente, las elecciones norteamericanas son un espectáculo mundial.

¿Política como espectáculo? En ningún caso. Se trata de algo que suena parecido pero a la vez es muy distinto. Se trata, para decirlo en breve, del espectáculo de la política. ¿Cuál es la diferencia entre la política como espectáculo y el espectáculo de la política? Para explicarme, deberé recurrir a ejemplos.

Sabido es que la mayoría de los dictadores y autócratas hacen de la política un espectáculo. No voy a referirme a los despliegues de fuerzas militares en Corea o Irán. Ni a las masas vestidas con un sólo color frente a las cuales vociferan enloquecidos tiranos. Me refiero a quienes —escondidos en sus cubículos mediales— utilizan los mecanismos del poder para montar escenificaciones que excluyen voces y opiniones contrarias. En suma, se trata de la conversión de la política en una representación unipersonal de acuerdo a la cual “el enemigo” es mencionado, insultado y vilipendiado, pero nunca directamente confrontado.

La diferencia entre la política del espectáculo y el espectáculo de la política reside entonces en que la primera suprime el debate y con ello, en tanto la política es debate, suprime a la política. En cambio, en la segunda, el espectáculo proviene del debate, es decir, de la propia política. Esa es evidentemente una de las razones por las cuales los dictadores y autócratas no soportan el espectáculo que brinda la política norteamericana en tiempos electorales. Pues allí, desde el comienzo hasta el día de la elección, hay un debate sostenido entre los postulantes

Desde otros países, los que nos ocupamos de la política, observamos ese proceso electoral con sumo interés. A su vez, quienes viven bajo una dictadura o una autocracia, sentirán algo parecido a una legítima envidia. ¿Por qué en mi país no ocurre algo parecido?

Pero los dictadores y autócratas, cuando presencian en las pantallas los debates norteamericanos, experimentan, sin duda, un miedo atroz. Es el miedo a la contra-dicción. Ellos, más que EEUU, odian el debate, o lo que es igual a la dicción contraria: a la contra-dicción.

Gobernantes de EE UU como casi todos los del planeta han cometido grandes barbaridades, nadie lo puede negar. Pero la política norteamericana siempre ha encontrado la posibilidad de la rectificación a través del debate y la palabra contra-dicha. Esa rectificación a partir del debate contra-dictorio es la que jamás podrán aceptar dictadores y autócratas. Ahí reside el secreto de su supuesto antiimperialismo.

 

El autor es filósofo, profesor emérito de la Universidad de Oldenburg, Alemania,

Mires.fernando5@googlemail.com

polisfmires.blogspot.com


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