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Contando narices

Por Waldo Peña Cazas - 21/10/2012


El censo aliviará el tedio y el fastidio cotidianos agravados por las peroratas de nacionalización, autonomías, cambio, etc. Pero, ¿qué harán con nosotros después de inventariarnos? Ningún ganadero cuenta sus vacas por puro cariño, sino para saber cuánta leche les puede sacar o cuántas puede mandar al matadero

De poco servirá el próximo inventario de narices si la información obtenida se guarda en un museo estadístico o, peor, si se la usa con vedados propósitos. Los censos son, en rigor, inventarios de narices; pero, ¿contar narices para tenerlas en un archivo bien organizado, clasificaditas y ordenadas por edad, sexo, estado civil, religión y otros datos? La estadística y las ciencias sociales enseñan que estos datos son imprescindibles para planificar el desarrollo y las políticas estatales, de ahí que la Constitución de muchos países prescribe la realización obligada de un censo cada determinado tiempo, usualmente 10 años. Así se obtiene información completa referente a la utilización de agua, servicios sanitarios, energía eléctrica, tipos de vivienda, etc. Pero, ¿para qué diablos sirven estos datos a gobernantes reacios a invertir en servicios de salud, educación y seguridad social?

 En tiempos de Adán y Eva era innecesario censar, pues la cosa saltaba a simple vista: un par de narices, un par de tetas y otro atributo fácilmente distinguible. Pero los humanos comenzaron a reproducirse como conejos, y en la Roma Imperial Nerón y Calígula dispusieron un minucioso cuenteo para saber con cuánto por piocha podrían las narices contribuir a las arcas imperiales y cuántas de ellas estarían disponibles para la milicia. En la Europa feudal, los príncipes disponían también un riguroso inventario de sus bienes y caudales, vasallos incluidos.

 Así, oliendo a gato encerrado, muchas narices se resistían a ser inventariadas, y ésta es una constante histórica: Hoy, en las democracias consolidadas los ciudadanos desconfían y dan datos falsos porque suponen que los censos tienen sobre todo objetivos tributarios. En efecto, la pregunta es: ¿por qué un Estado que se queja constantemente por falta de recursos, que recorta el presupuesto de sus instituciones, que apenas puede cumplir con el pago de salarios y que habla de "austeridad", se apresta a gastar millones de dólares para saber de cuántas narices dispone? ¿Cuál es la urgencia?

¿Le importa al Estado saber cuántos somos en el hormiguero, de qué vivimos, cómo vivimos, cuántos "sabemos" leer y escribir, qué recursos tenemos, cuántos vivimos en mansiones, cuántos dormimos a la intemperie, cuántos paseamos en Mercedes y cuántos no tenemos zapatos? Mucho se puede hacer utilizando bien estos datos; pero también se puede dar mal uso a la información. Mediante censos se estableció, por ejemplo, que la proliferación de narices en el Tercer Mundo amenazaba a la hegemonía de las grandes potencias; y en consecuencia se elaboró el célebre Plan MacNamara para controlar la natalidad con los atractivos nombres de "planificación familiar" o "paternidad responsable". Se trataba, según Galeano, de matar a eventuales guerrilleros "en el útero materno".

Ya que información utilísima para la planificación del desarrollo social se manipula en servicio de oscuros intereses, los recelos y la resistencia son justificados. Por eso mismo, ningún censo tiene garantía de exactitud porque la población se resiste o proporciona datos falsos. El problema es mucho mayor cuando un gobierno ha perdido credibilidad por su insensibilidad social o por su obsecuencia a intereses extraños.

El censo aliviará el tedio y el fastidio cotidianos agravados por las peroratas de nacionalización, autonomías, cambio, etc. Pero, ¿qué harán con nosotros después de inventariarnos? Ningún ganadero cuenta sus vacas por puro cariño, sino para saber cuánta leche les puede sacar o cuántas puede mandar al matadero.

 

El autor es escritor


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