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Baratijas y circo

Por Rocío Estremadoiro Rioja - 19/12/2012


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Así será pues la panacea del “progreso”: estridente, llamativa y vacía como las alhajas y baratijas con las que los conquistadores europeos “sedujeron” a los nativos del “nuevo mundo”

Cuando pasaba por la plazuela 4 de Noviembre, al ver al gentío aglomerado por la chillona propaganda navideña de la Coca-cola, pensé que los que consideramos tal “escenario” como un atentado al medio ambiente y una plataforma publicitaria de pésimo gusto en espacio públicos, somos una miserable minoría, ya que esta “campaña navideña” es un éxito popular.

Tratando de abstraerme del bullicio, cavilé que se me han ido desmitificando ciertos supuestos que aseguraba como irreductibles, cuando era más joven, esperanzada e ingenua. Estaba convencida de que la “voz del pueblo, es la voz de Dios”. Luego de percatarme de que aquellos/as que dicen ser y representar al “pueblo”, y a pesar de sus orígenes humildes, una vez en el poder, se entregan a la misma chacota feudal, autoritaria y corrupta que caracterizó a las élites bolivianas, caí en cuenta de que el “pueblo”, o las “mayorías oprimidas” no son tan santas ni ideales como se presentan en las utopías del “realismo socialista”. También, acepté que la ecuación romana de “pan y circo”, funciona.

Recordé el ensayo de Mario Vargas Llosa, “La civilización del espectáculo”, donde el escritor especula sobre la banalización de la cultura. El autor propone una hipótesis que, confieso, yo también estuve articulando hace algunos años, y que denominé “oscurantismo cultural”, donde se reflexiona que la industria del entretenimiento, gigante, masiva e imparable, se va devorando cualquier otra forma alternativa de expresión cultural y donde el arte, la música, e incluso la filosofía y el pensamiento, deben someterse a los dictámenes del mercado, o desaparecer.

De esta forma, por ejemplo, abundan y redundan los “bailes del caballo”, siguen saturando los reggaetones que interpelan lo más básico y precario de la sexualidad y continúan haciéndose millonarios aquellos desorejados de “buena presencia” con voces arregladas por la tecnología y cuya lírica se reduce a pegajosas melodías que se repiten como enlatados en serie.

Así, si se quiere sobrevivir como artista, es requisito indispensable abrirse paso en el mercado y si el mercado pide más “entretenimiento”, ¿dónde quedará el arte pensado para transmitir valores estéticos, éticos y filosóficos que nada tienen que ver con las modas fáciles y envasadas? ¿Podrán subsistir aquellos artistas que procuran dar un mensaje que vaya más allá del “mueve tu culito”?

En otras palabras, la industria del entretenimiento es una especie de versión contemporánea del circo romano, siendo su cometido adormecer a la masa para que se sigan fielmente los patrones de consumo y se acepte sumisamente el uso y abuso del poder, sepultando el arte por el arte.

Sin embargo, en este entierro, la “masa”, las “mayorías”, la “gente de a pie”, etc., no creo que tengamos simplemente un papel pasivo.

Parece que no sólo queremos ser “entretenidos/as”, sino que exigimos a voces nuestro fútbol, el concierto de Daddy Yankee o Shakira, la telenovela de las mañanas y “Laura de todos” por las tardes, la saga completa de “Harry Potter” o “Crepúsculo” (incluyendo la colección de poleritas, juguetes y demás chucherías que se pueden adquirir), los “tilines” con juegos infantiles infestados de violencia, los celulares último modelo y los parques repletos de luces navideñas y mejor si son de Coca-cola. Así será pues la panacea del “progreso”: estridente, llamativa y vacía como las alhajas y baratijas con las que los conquistadores europeos “sedujeron” a los nativos del “nuevo mundo”.

La autora es socióloga

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