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Capital del rompe-muelle

Por Julio Carrasco Galván - 19/12/2012


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De una chichería pegada al asfalto, del camino vecinal sin banquinas ni veredas que va de Tarija a San Andrés, sale un ebrio tambaleante y fallece al instante embestido por un taxi. Para evitar nuevas tragedias con sus parroquianos, los dueños del antro elevan el nivel del asfalto con dos arbitrarios rompe-muelles.

Rumbo a la presa de San Jacinto, un auto que pasaba raudamente se choca con una pareja motorizada que salía de un hotel de carretera. Luego, con la celestina obsecuencia de los técnicos municipales especializados en el rubro, los moteleros se mandan otro par de rompe-muelles, “lomos de burro” de la jerga tarijeña.

Para envidia de los departamentos bolivianos que todavía dependen de la Caminera Centralizada (ABC), gracias a la exportación del gas y al Servicio Autónomo de Caminos (Sedeca), Tarija ostenta el mayor kilometraje porcentual de caminos vecinales asfaltados y los chapacos han descubierto la celeridad.

Pero en Tarija la celeridad está causando muchos percances porque las construcciones que bordean los sinuosos senderos asfaltados no tienen aceras, líneas municipales ni retiros y obligan a los peatones a caminar por el asfalto o bordeando las cunetas, con el consecuente riesgo de ser atropellados por los bólidos.

El alcalde Óscar Montes apenas atina a tratar de reducir la frecuencia de los accidentes frenando el tráfico con “reductores de velocidad” (eufemismo para lo mismo). Pero volver a la lentitud con rompe-muelles, en la era del transporte de alta velocidad y de los viajes sub-sónicos, es un contrasentido bueno para mi abuelo provenzano que decía Piano, piano se va lontano.

Es que los rompe-muelles pueden provocar otra clase de accidentes y el peligro irá in crescendo mientras los municipios no impongan anchos de vía, retiros y restricciones a las construcciones que se alzan a la vera de los caminos. Una simple ordenanza podría permitir la futura habilitación de veredas peatonales, jardines arborizados y ciclovías.

Además, si no se define compulsivamente los radios urbanos de la ciudad y las aldeas, proscribiendo los asentamientos y regulando cercos transparentes que no obstruyan la pastoral visión de la campiña tarijeña, tarde o temprano, los caminos vecinales acabarán como calles largas, conurbando la capital con las urbes satelitales.

En las encrucijadas conflictivas, los burgomaestres deben coordinar con el Sedeca o la ABC el diseño de rotondas, pasos a desnivel o distribuidores viales que, con iluminación, señalización y semáforos si fuera necesario, pueden ordenar el tráfico sin las bruscas frenadas y sobresaltos que hoy ocasiona la irracional proliferación de rompe-muelles.

Antes del gas los caminos tarijeños eran de tierra y con baches, hoy son asfaltados y ya no hay baches, pero surgieron los rompe-muelles que son como baches en alto relieve. Cuando se acabe el gas volverán los baches, pero quedarán los rompe-muelles para memoria de la ineptitud de Sancho el Interino y el intendente de la Ínsula Barataria.

El autor es arquitecto, exalcalde de Tarija

karrasvan@hotmail.com

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