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Universidades, DDHH y prácticas tradicionales

Por H. C. F. Mansilla - 19/12/2012


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El derecho a la información —es decir: el derecho a saber lo que todavía no se sabe— tiene sentido si una sociedad atribuye un valor positivo al examen de lo extraño y desconocido

Pudiendo equivocarme, creo que una de las características de la sociedad boliviana actual es la indiferencia ante los derechos humanos, el libre acceso a la información y ante la educación racional y moderna. Esto se manifiesta, por ejemplo, en el funcionamiento fáctico de las universidades bolivianas, aunque las declaraciones retóricas de sus autoridades vayan en otro sentido. El ámbito universitario no es, evidentemente, una abreviatura simbólica de toda la sociedad, pero el análisis del mismo nos permite sacar algunas conclusiones provisionales acerca de la mentalidad colectiva.

El Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB) encargó un extenso estudio llevado a cabo bajo la dirección de un conocido sociólogo español, Emilio Lamo de Espinosa, que fue publicado (1998) por el Convenio Andrés Bello con el título La reforma de la universidad pública boliviana. Uno de los motivos principales para emprender este análisis era la notable desproporción entre la magnitud del número de estudiantes y profesores, por un lado, y la escasa participación de docentes y alumnos en labores de investigación, en publicaciones científicas internacionales y en el registro de patentes, por otro. Como agravante se debe mencionar el hecho de que las universidades estatales no sufrían entonces ni sufren ahora por falta de recursos financieros.

Siempre se pueden constatar excepciones, por supuesto, pero en general el sistema universitario boliviano no hace honor a dos elementos centrales que deberían caracterizar a esta institución: la universalidad del conocimiento y la investigación científica. Y para ello hacen falta dos factores muy conectados con la libertad de expresión, el derecho a la información y la educación racional: (1) el propósito de cuestionar las verdades del momento y (2) el anhelo de comprender el mundo más allá del entorno inmediato.

El estudio mencionado detectó que la población universitaria mostraba muy poco interés por poner en duda las modas ideológicas que predominaban en aquel entonces y que sentía escasa curiosidad por aprender algo de otros espacios civilizatorios. Los estudiantes preferían dogmas sencillos que confirmasen sus propios prejuicios; lo desconocido no poseía ningún atractivo intelectual.

La hiperpolitización de las universidades bolivianas a partir de 1952 no significa que los estudiantes comprendan mejor la esfera de los intereses públicos. Es un fenómeno recurrente que encubre “una tupida red de intereses” particulares, como dice Lamo de Espinosa, manejada por funcionarios “celosos de su parcela de poder”. Esta aseveración vale para los docentes y los empleados administrativos, independientemente de su ideología política. La radicalidad del discurso, a menudo izquierdista o indigenista, oculta el control corporativo de la burocracia enquistada en estas instituciones sobre contenidos, programas, cursos, organización interna, uso de fondos y designación de docentes.

El estudio mencionado, ninguneado exitosamente por todo el sistema universitario boliviano, indica que los estudiantes abrazan por comodidad las modas ideológicas del momento, sin pensar mucho en su pertinencia histórica y su calidad conceptual. Frente a este contexto la libertad de expresión no posee un valor relevante; tiene un sentido profundo si uno dice cosas que no corresponden necesariamente a la opinión común y mayoritaria del tiempo. La mejor justificación de la libertad de prensa reside precisamente en expresar concepciones incómodas con respecto al gobierno de turno y críticas frente a la cultura generalizada del país. Reiterar los prejuicios colectivos y amparar las consignas oficiales no constituye una actitud que enriquezca el saber intelectual. A su vez el derecho a la información —es decir: el derecho a saber lo que todavía no se sabe— tiene sentido si una sociedad atribuye un valor positivo al examen de lo extraño y desconocido. No sólo engloba el aprender algo acerca de tierras exóticas, sino ante todo exponernos a teorías que pueden significar una crítica de nuestras convicciones más profundas. Esta actitud es la que nos permite comprender los límites y las carencias de lo que apreciamos entrañablemente.

El autor es filósofo

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