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Estúpidos regalos

Por Mónica Olmos Campos - 21/12/2012


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El día es arruinado por un estúpido regalo. Y éste concentra nuestra atención, atención que debiera estar en la convocatoria a la familia, en la acción solidaria, en pensar en reencaminar nuestros actos, pero no, estamos ocupados en cumplir…con regalo en mano

María del Carmen me relataba bellos recuerdos de las Navidades en su natal Tarija: “Era motivo de reunión familiar; la costumbre se ha mantenido y ahora todos casados, hemos sumado a las familias de los esposos y/o esposas. Hoy, somos más de 50 personas las que celebramos esta fecha”.

Yo le decía que otras familias no logramos hacer esto y que más bien, estas fiestas son –con frecuencia– motivo de estrés y hasta de disgusto: Los padres que se disputan la presencia de los hijos, los hijos la de los padres, los suegros, los abuelos, hermanos y el lío está hecho.

Aunque parezca increíble, los regalos, los famosos regalos no son inocentes. La obligación que uno siente de “cumplir” con cada miembro de la familia, termina por hacernos decidir pasar entre “nosotritos nomás”.

Así es, el día más hermoso para el mundo Católico, el día consagrado al perdón, a la unión familiar, al reencuentro espiritual, es arruinado por un estúpido regalo. Y éste concentra nuestra atención, atención que debiera estar en la convocatoria a la familia, en la acción solidaria, en pensar en reencaminar nuestros actos, en perdonar a quienes nos han lastimado y en pedir perdón a quienes nosotros hemos dañado; pero no, estamos ocupados en cumplir…con regalo en mano.

Hay hermanos que aunque viviendo a 10 cuadras de distancia, no se ven ni en Navidad ni durante el resto del año; sin embargo, hacen llegar sus regalos en taxi o con el abuelo que está obligado a ir de casa en casa haciendo de “mensajero del amor” ¿qué sentido tiene esto?

Los padres que hemos creado y sustentado la existencia del Papa Noel, nos encontramos en figurillas y nos damos cuenta del mal que hemos hecho. Nuestros pequeños piden a un X millonario, cosas imposibles de comprar y nos vemos atrapados entre la fantasía del chico y un presupuesto que no da ni para el número uno de su lista. Lo peor: con los años y la obsesión por los regalos, las familias vamos olvidando el sentido de la celebración: ¿Niño Jesús?, ¿pesebre?, ¿nacimiento?, ¿perdón?, ¿reunión familiar?

Nótese que hablo en primera persona y no me avergüenzo, mas sí creo que necesitamos revelarnos ante tanta estupidez reconociéndola como tal, y diciendo paso: Paso a los regalos, a los cumplidos y atenciones materiales. Paso al estrés de la convocatoria familiar, que vengan los que quieran y yo voy a donde quiera sin tener que pensar en llegar con paquetes bajo el brazo.

Paso al afán de una cena complicada y costosa. Paso al absurdo de una noche de tributo a los regalos publicitados en televisión y ofertados en tiendas de juguetes caras o en mercados de baratijas.

Que no parezca que la Nochebuena es el fenomenal acto de clausura de un año consagrado a la cáscara, al envoltorio, al cuero, al papel de seda, al perfume con el que disfrazamos nuestro ser. Busquemos ser auténticos y despojémonos de esos trajes –a veces camisas de fuerza– que no nos dejan convivir con lo simple, natural, espontáneo, lógico de nuestra esencia.

Hace medio año que María del Carmen dos veces al mes, entrega decenas de almuerzos a niños consumidores de clefa; con seguridad puedo afirmar que la actitud es el resultado de una Navidad con esencia.

Vivamos en nuestras familias la sencillez, solidaridad y perdón que trae cada año la Navidad; regalemos entonces, un abrazo, un beso, un “gracias”, un “perdona”, un “te quiero”, un “ven con nosotros”, un “voy contigo”… un plato con comida ¡Felices fiestas amigos!

La autora es comunicadora social

molmitos2010@gmail.com

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