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Histerias de nuestra aldea global
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Histerias de nuestra aldea global

Por Óscar Peña Franco - 29/12/2012


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Está revuelta nuestra aldea y sólo la aplicación auténtica de una justicia venerable podrá devolverla a la normalidad. Para ello, todos tenemos la obligación de imponernos sobre las tentaciones de la histeria y proceder con intransigente serenidad. Todos. Desde el presidente para abajo

Años ha, lúcidos y dedicados teóricos descorrieron el telón y nos mostraron que conformamos un mundo único en el que nacionalidad es sinónimo de información y conocimiento y donde lo que nos identifica más allá del espacio físico del que provenimos, es la naturaleza compartida de los problemas de nuestro común devenir. Ahí, en los predios de la revelación, fue fundada la aldea global.

La aldea global es el mundo entero, pero es también el país en que vivimos. Y tanto a nivel planetario como en la dimensión del municipio, vivimos todos fuertemente interconectados e irremediablemente interdependientes. Nos acompañan, eso sí, los mismos males y las mismas pequeñeces que se campearon por el mundo antes de su globalización y que nunca dejarán de estar presentes por su inherencia a la índole humana. Es decir, al hombre y sus instituciones.

La perturbación del juicio, por ejemplo. En su amplio campo de influencia actuamos como si los otros fueran enemigos a muerte y no tan sólo rivales en determinado emprendimiento. La exaltación de los ánimos nos aleja de la solución de nuestros problemas. Nos empuja al territorio de los enconos. Hace de nuestra historia (la que estamos construyendo) una colección de absurdas histerias.

La prueba de que procedemos como si todas las oportunidades fueran la última oportunidad para herir al adversario, están presentes en este mismo instante. Hablamos, claro está, del triste momento que nos ha deparado a todos el descubrimiento de una red de influencia y extorsión    que tenía  —la tiene aún— a mal traer a la justicia y que actuaba —esperamos que ahora el tiempo verbal sea el correcto— desde espacios de poder que se habían abierto en más de un ministerio.

Como sucede siempre, se activa acá una oposición que con escasas excepciones ha demostrado que su deber propositivo está reemplazado por la vocación de obstruir para destruir, apelando al recurso vocinglero para llamar la atención. Y vienen las réplicas de un gobierno que en vez de hablar mucho de este triste tema, lo encare ágilmente y con el coraje y la decisión indispensables para sancionar a los culpables sin importar quiénes son y sólo tomando en cuenta lo malo que hicieron.

Está revuelta nuestra aldea y sólo la aplicación auténtica de una justicia venerable podrá devolverla a la normalidad. Para ello, todos tenemos la obligación de imponernos sobre las tentaciones de la histeria y proceder con intransigente serenidad. Todos. Desde el presidente para abajo.

El autor es periodista

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