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Cumbres ecológicas
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Cumbres ecológicas

Por Rubén Camacho Guzmán - 3/01/2013


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Junio de 1992; un año que quedará escrito en la historia porque marcó el inicio de muchos cuestionamientos. Río de Janeiro, Brasil, cobijó a la Cumbre de la Tierra y en ella se adoptó una estrategia para el siglo XXI denominada Agenda 21. Esta cumbre dio la señal de alerta sobre la relación del hombre con el medio ambiente y su sostenibilidad; y confirmó que algo no estaba en orden con nuestra sociedad ni con nuestra forma de vida.

Los seres humanos, principalmente en los países industrializados, se han visto confrontados a una cadena de riesgos, de contradicciones, de sentimientos de impotencia y de desesperanza. Estas experiencias las han centralizado y relacionado con su comportamiento hacia el medio ambiente, llegando a la conclusión de que el clima es mucho más complejo de lo que se habían imaginado y, a partir de entonces, se han planteado una serie de cuestionamientos.

Lo paradójico es que ellos mismos tienen las respuestas a sus propios cuestionamientos. Saben que la única alternativa para evitar el calentamiento global es reducir drásticamente la cantidad de gases que bombean a diario a la atmósfera y están conscientes que esto es posible, si intrínsecamente queman menos petróleo, carbón y gas natural o si frenan la tala indiscriminada de bosques tropicales o no contaminan las aguas del planeta con basura y desechos químicos. Ellos no ignoran que se tratan de cometidos fáciles; pero como son seres humanos, han aprendido a hacer difícil lo fácil.

Un par de informes del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático les evidenció que su interacción con el medio ambiente está lejos de enmarcarse en el marco del equilibrio y de la sostenibilidad. El IPCC sostiene que las emisiones de Dióxido de Carbono y otros gases a la atmósfera son más aceleradas de lo imaginado. A partir de entonces, la pesadumbre aumentó y el panorama empezó a tornarse sombrío; y la pregunta no se dejó esperar: ¿Pero qué seguimos haciendo mal?

De ahí en adelante, el clima se ha convertido en un tema global que ha despabilado el interés de muchos otros. Los políticos han hecho uso del tema en sus plataformas electoralistas creando más confusión de la ya existente. Los economistas han recurrido a su cálculo convencional de costos y beneficios y llegado a la “sorprendente” conclusión de que el cambio climático desencadenado llegará a costar mucho dinero, y en sus artificios matemáticos encubren muchas verdades éticas y morales; pero, entre cifra y cifra, resaltan la “sostenibilidad”.

A partir de 1992, entre acuerdos, desacuerdos y la perdiz mareada, se llevaron a cabo varias cumbres; así se llegó, por ejemplo, en 1997 a Kioto. Allí 38 países industrializados se reunieron bajo el compromiso de reducir las emisiones de seis gases de efecto invernadero en proporciones que variaban entre el 5 y 8 por ciento entre los años 2008 al 2012.

Las cumbres siguieron su curso y pasaron Buenos Aires y Johannesburgo entre otros. El 2012 volvió a Río de Janeiro bajo el rótulo Río+20 y casi todas se convirtieron en el podio de políticos desde donde lanzaron sus discursos acalorados y faltos de contenido. La incertidumbre está latente: la Tierra no sucumbió ante la profecía Maya, el nuevo Pachakuti no ha llegado y nuestro planeta, como de costumbre, sigue girando sobre su órbita, mostrándonos que él no se detiene ante nada; en tanto que los seres humanos seguimos postergando la agonía de nuestro único hábitat.

El autor es ingeniero ambiental e instructor de adultos

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