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Sin palabras para ti, Samaipata
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Sin palabras para ti, Samaipata

Por Mónica Olmos Campos - 4/01/2013


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¡Qué horror!, despertar, hacer la maleta y volver… a la realidad, al teclado, a las noticias, a la rutina, al ruido de la ciudad, a los maleducados del volante, a la basura del Cholango, a las filas del Segip y de los colegios, al apoyo a la Suxo, a la censura de la Delgado… ¡qué asco!

Y como me niego a volver a la realidad, les voy a contar un viaje de tres días que intentaré “hacerme durar” al menos todo el año.

La mejor decisión que tomamos en familia fue haber elegido Samaipata como destino vacacional. No saben el paraíso que es: Los ojos se llenan de verde, los pulmones respiran limpio, los oídos escuchan silencio, a no ser por algunos desadaptados que llegan de la urbe cruceña y creen que su “boliche” (la plaza) es un antro discotequero donde se instalan “armados” con alcohol y parlantes que hacen retumbar tu humanidad y paciencia. Estos tristes jovenzuelos con olor a ricachones ignorantes son tan desagradables que me los pasaré por alto (de lo contrario podrían arruinar el cuento), aunque, cualquier cosa rara, es superada por la inigualable belleza de Samaipata.

Pensar en este pueblito, es quizá imaginar el Santa Cruz de hace… ¿100 años? De carretones, de casas con la puerta abierta, familias tomando el fresco de la tarde, campanas llamando a misa, gente cordial, buena y sencilla. Son parte del atractivo.

Estar en Samaipata es estar en medio de colinas verdes que hacen del paisaje uno de los más bellos del mundo… ¡con seguridad! Por donde vayas encuentras escenarios como pintados, perfectamente diseñados por la naturaleza y también por la mano amiga del hombre. Una naturaleza abundante que ayuda a hacer de la más pobre vocación de paisajista, un magnífico artista de cuadros y esculturas naturales.

Inconfundible, a lo lejos, en medio de ese verde de matices distintos, aparecen el terracota de los techos de teja cerámica y el blanco de las casas. Desde hace algunos años, no muchos, familias cruceñas sobre todo, y europeas han comprado amplias extensiones de terreno y edificado espléndidas casas de descanso, hoteles y/o restaurantes, lo que, sin duda, ha convertido a Samaipata, en un destino con calidad hotelera.

Desde hace algunos años, también, se han apostado muchos hippies —chilenos y argentinos— quienes complementan la oferta en alojamiento y gastronomía con alternativas más accesibles.

Pero pese a la (inofensiva) invasión extranjera que ha convertido a Samaipata en el pueblo con más “variedad de nacionalidades” de Bolivia, el originario se hace valer como el “verdadero propietario” y se sienta a mirar la vida pasar; hombres delgados de a sombrero, mujeres corpulentas de a vestido, observan cómo los visitantes se maravillan con su pueblo… y las casas abiertas, porque no hay ladrones, porque todos se conocen, porque aún se confía, porque así fue antes y porque en este lugar el mal del ahora está ausente.

Ni qué decir de los mayores atractivos: El Fuerte, los helechos gigantes, las cascadas, las cuevas, los volcanes… lugares para enamorar a la familia entera.

Nos alojamos en El Pueblito, un hotel boutique de particular belleza, especialmente porque se ubica en una colina desde donde mejor no podría admirarse tanta perfección de la naturaleza.

El segundo día se cayó el cielo; lluvia torrencial que nos atrapó en el hotel pero que hizo que mis hijos redescubran la magia de alimentar, acariciar y jugar con 52 animalitos a quienes despidieron con lágrimas en los ojos, al igual que a su amigo José Ernesto Moreno, un chico especial que nos enseñó maravillosas lecciones de amor y sinceridad… lecciones de vida.

La autora es comunicadora social

molmitos2010@gmail.com

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