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Nostalgia de una epopeya

Por Carlos D. Mesa Gisbert - 20/01/2013


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Hoy, sólo me queda la nostalgia de aquellas mágicas transmisiones desde el espacio exterior que Stanley Kubrick convirtió en una reflexión esencialista sobre el ser humano en su película “2001, Odisea del Espacio”

El 13 de diciembre de 2012 se cumplieron 40 años de la última presencia humana en la Luna, cuando el astronauta Eugene Cernan subió la escalinata del módulo lunar e ingresó en su interior. Pocas horas después, el 14 de diciembre de 1972, junto a su compañero Harrison Schmitt, despegó de nuestro satélite.

La gran epopeya de conquistar la Luna fue descrita con precisión por John F. Kennedy cuando dijo: “Elegimos ir a la Luna en esta década, no porque sea fácil, sino porque es difícil, porque es una meta que servirá para probar nuestra energía y nuestra capacidad”. 

Tras semejante logro, la NASA supuso que en la primera década del siglo XXI Marte ya se habría conquistado. Nada de eso ocurrió ¿Por qué? ¿Por qué fue posible coronar en menos de 12 años una meta tan notable (desde el lanzamiento del satélite soviético Sputnik en 1957 hasta la llegada del hombre a la Luna en 1969), y en los siguientes 40 quedar detenidos apenas en los umbrales de las órbitas bajas de la tierra? Porque terminó la Guerra Fría, desapareció la competencia militar, se desvaneció la estremecedora tesis de la disuasión nuclear y se apagó la emulación ideológica de las dos superpotencias que convirtieron la carrera espacial en una cuestión de orgullo nacional.

Volver al valle lunar de Taurus-Litrow para recoger la cámara Hasselblad 500 que Cernan dejó apuntando al espacio infinito, será una tarea difícil en la que compiten inversionistas privados, el Gobierno de los Estados Unidos y el Gobierno de China, que quieren lograrlo antes del 2020. Planificar y realizar un viaje tripulado a Marte, el planeta más cercano a la Tierra, es una idea que se fía para el año 2030 de acuerdo a estimaciones de la NASA. Si ocurre, habrán transcurrido por lo menos 50 años del último viaje a nuestro satélite. Una eternidad en el contexto vertiginoso de los cambios tecnológicos que hemos experimentado en las últimas décadas.

Empresas de esta envergadura requieren de una combinación extraña. Visionarios como Colón o Magallanes, como Von Braun o Koriolev. Objetivos quiméricos esenciales a la naturaleza indómita del hombre y razones concretas que movilicen economías y naciones poderosas, como la necesidad de una ruta alternativa al Asia para el naciente imperio español en el siglo XV, o la confrontación militar entre Estados Unidos y la Unión Soviética en el siglo XX. Pero detrás de las razones terribles, la historia de la carrera espacial es el retrato de uno los momentos más fascinantes de la humanidad, una prueba de un ingenio que parecía ilimitado, de gran creatividad y perseverancia, de tensión siempre al límite y de un coraje y una decisión que hizo posible lo imposible. Centenares de miles de hombres y mujeres (400.000 personas movilizó el proyecto Apolo) hipotecaron sus vidas a la de los dos primeros astronautas que alunizaron, Neil Armstrong y Edwin Aldrin. Reglas de cálculo y computadoras con una capacidad de almacenamiento inferior a la de un teléfono celular promedio de hoy, consiguieron lo que en 1961, cuando Kennedy comprometió los plazos, parecía un delirio.

La ventaja inicial de los soviéticos espoleados por la construcción del R-7, el primer gran misil nuclear intercontinental, fue acortándose en una competencia encarnizada. La URSS lanzó al espacio el primer satélite artificial, el primer ser vivo, el primer cosmonauta, Yuri Gagarin (12 de abril de 1961), la primera cosmonauta, Valentina Tereshkova, y logró el primer paseo espacial, el de Alexei Leonov en marzo de 1965. A partir de ese momento el proyecto Gemini, primero, y el Apolo, después, le dieron el triunfo definitivo a los Estados Unidos. La muerte del ingeniero jefe del proyecto espacial soviético Serguei Koriolev, fue letal. Cuando el genio de Werner von Braun (cuyo oscuro pasado nazi se guardó en las sombras hasta su muerte en 1977) logró hacer despegar en 1968 el primer cohete Saturno V, la máquina más poderosa jamás construida por el hombre, la suerte estaba echada. Los técnicos de la URSS habían construido simultáneamente el propulsor N1, más grande aún que el Saturno V. Tras tres intentos fallidos, el 3 de julio de 1969 —17 días antes de la llegada de Armstrong a la Luna— el N1 despegó del cosmódromo de Baikonur con el objetivo de recoger en órbita terrestre una nave Soyuz que sería lanzada horas más tarde, y trasladar a la Luna a un cosmonauta que se posaría allí antes que los estadounidenses. Menos de un minuto después del despegue, el N1 estalló en llamas, destruyó la plataforma de lanzamiento y cobró la vida de decenas de los mayores expertos soviéticos en cuestiones espaciales. El cuarto cohete Saturno V, en cambio, salió de Cabo Kennedy con tres astronautas a bordo. Tejió en sus 110 metros de altura y 3.000 toneladas de peso ascendiendo con la nave Apolo 11, una de las páginas más extraordinarias de la historia.

Hoy, sólo me queda la nostalgia de aquellas mágicas transmisiones desde el espacio exterior que Stanley Kubrick convirtió en una reflexión esencialista sobre el ser humano en su película “2001, Odisea del Espacio”.    

 

El autor fue Presidente de la República

http://carlosdmesa.com/  

Twitter: @carlosdmesag


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