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A la política nadie llega para quedarse

Por Fernando Mires - 3/03/2013


Dos son los hechos a los cuales en política no debemos atender demasiado. Uno son las encuestas, pues hasta las mejores son válidas sólo el día en que se hicieron. El otro son las profecías, las que perteneciendo a las religiones, en política no tienen nada que hacer. Esto último no puedo sino reafirmarlo al leer el reciente artículo publicado por Joaquín Vilallobos en El País: “El chavismo llegó para quedarse”.

¿Cuáles son los argumentos de Villalobos? Principalmente, tres. El primero es que el chavismo reorientó los beneficios del petróleo hacia los sectores más desposeídos. El segundo es que el carisma de Chávez trascenderá; como el de Che Guevara. El tercero es que la oposición ha cometido profundos errores, descapitalizando su potencial electoral. Y además, agrega, la oposición se encuentra dividida en una ensalada de más de 70 organizaciones.

Ahora, desde un punto de vista formal, los tres argumentos pueden ser considerados correctos. Sin embargo, la experiencia indica que hay dos modos de no decir la verdad. Una es sustituirla por una mentira; y éste no es el caso. La otra, más sutil, es decir sólo una parte de la verdad; y éste es el caso.

Es cierto como afirma Villalobos que el chavismo reorientó la renta petrolera hacia algunos sectores empobrecidos. Pero también es cierto que ha provocado una de las inflaciones más altas del mundo, la que también recae sobre los más pobres. Tampoco dice Villalobos que el sistema productivo nacional se encuentra destruido, o que la alimentación de los venezolanos depende de importaciones, entre ellas de las del “imperio”.

Es verdad también que el carisma de Chávez trascenderá a su vida, pero no como el de Che Guevara (o como Allende) quienes murieron peleando y no en la cama. Además, en ningún país de América Latina se ganó una elección apelando al nombre de Che Guevara. Si hasta Mujica y Rousseff tuvieron que distanciarse del pasado para ser elegidos. El guevarismo nunca fue ideología de los pobres. Sólo fue la de esos pobrecitos que perdieron sus vidas en montañas ignotas.

El tercer argumento es más complicado. Es cierto que la política de la oposición facilitó el camino al chavismo. Lo que no dice Villalobos es que esa oposición no ha sido diezmada, ya que continúa manteniendo más de un 40 por ciento sólido. Tampoco dice que la tendencia electoral de la oposición es creciente y la del chavismo decreciente. Pero lo más importante —y eso obvia Villalobos, cuyo artículo parece ser escrito hace 10 años— es que en la oposición venezolana ha habido un importante desplazamiento hegemónico. Eso quiere decir, la derecha opositora ha perdido la conducción, la que ahora es ejercida por partidos predominantemente de izquierda o de centro. Más todavía, durante su campaña Capriles levantó un programa social en algunos puntos más radical que los del propio chavismo.

¿Que en la oposición hay más de 70 organizaciones? En ese punto la mofa es injusta. Porque Villalobos ha de saber que de esas, sólo cinco o seis merecen el nombre de partido. El resto es perfectamente prescindible. Y bien; esos cinco o seis partidos no sólo son coalicionables; son, además, programáticamente compatibles. En cualquier caso más de lo que lo son las diversas fracciones del chavismo. En otras palabras, guste o no, en Venezuela existe la oposición mejor constituida de todo el continente (incluyo a la chilena que, como es sabido, depende del humor de una sola persona: Michelle Bachelet).

Eso no quiere decir por supuesto que la derrota del chavismo está cantada antes o después de la muerte de Chávez. Todo lo contrario: lo más probable es que el chavismo mantendrá su posición dominante (no hegemónica, dominante) durante algún tiempo. Y con alguna seguridad, el PSUV podrá seguir siendo mayoritario aún perdiendo elecciones. Pero eso no autoriza a nadie para afirmar que el chavismo llegó para quedarse.

Pues, ¿qué significa en política “quedarse”? Si significa establecerse, no hay dudas: el chavismo no desaparecerá, como no desapareció el peronismo o el aprismo. Por lo tanto, el tema no es si se queda, sino “cómo” se queda. O para escribir con ejemplos: el peronismo permaneció en Argentina, pero adoptando formas políticas que nada o poco tienen que ver con el peronismo de Perón.

Más aún: el menenismo y el kirchnerismo son en gran medida la antítesis del peronismo originario. El aprismo a su vez tuvo en Perú dos periodos con un mismo presidente, pero el primer gobierno de García no sólo no tiene nada que ver con el segundo, sino, además, fue todo lo contrario. Lo mismo ocurrió en México, ¿o el PRI de Peña Nieto es el mismo de Lázaro Cárdenas? El ejemplo más notable es quizás el del uribismo. El uribismo se quedará en Colombia; pero como “santismo”. Para quedarse deberá convertirse en “otro”.

Sí: los partidos a veces se quedan, pero al precio de dejar de ser lo que fueron, o lo que es igual: en política quedarse significa irse-de-sí-mismo. Sin ánimo de profetizar, lo mismo puede que ocurra con el PSUV, esa versión venezolana del PRI mexicano.

En política nadie llega para quedarse. No hay, efectivamente, algo más transitorio que la política. Nada está hecho ahí para siempre. La política como la vida es contingente, depende siempre de lo no previsible. En política lo único que se puede pre-decir es el pasado. El futuro hay que dejárselo a horoscopistas y a marxistas. Pero Villalobos no es ninguna de las dos cosas.

Antonio Gramsci, un buen marxista, afirmaba que en política hay que actuar “con el pesimismo de la inteligencia y con el optimismo de la voluntad”. Joaquín Villalobos, en cambio, escribió su artículo sobre Venezuela haciendo exactamente lo contrario. En mala hora.

El autor es filósofo, profesor emérito de la Universidad de Oldenburg, Alemania
mires.fernando5@googlemail.com
polisfmires.blogspot.com


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