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Falta de grandeza
Por Waldo Peña Cazas - 3/03/2013
Una palabra de Evo Morales bastaría para resolver el chusco conflicto por el nombre del aeropuerto de Oruro, pues es sólo una cuestión de dignidad o de soberbia. La verdadera estatura de los hombres se puede apreciar en sus momentos de éxito o de fracaso; pero nuestros grandes hombres públicos no saben ganar, y menos perder: engreídos en el trono, esperan reverencias y homenajes; medrosos en el llano, les encoge la envidia.
La pequeñez de los políticos bolivianos se advierte muy bien en los oscilantes y neurálgicos períodos preelectorales: triunfalistas, crece su engreimiento; pero se deshacen en pánico al compás de las fluctuaciones de las encuestas. Tensos, angurrientos, contabilizan los votos como si fueran monedas para sus bolsillos y, cualquiera fuere el resultado final, las testas coronadas inflan el pecho como gorilas, mientras los traseros sin trono flotan en un amargo vacío.
¿Cómo podemos esperar grandeza de esta gente? Grandeza tuvo Sócrates, que supo morir con dignidad; o Abraham Lincoln, que fue magnánimo en la victoria. Pero no es usual que nazcan hombres de ese calibre, y poco podemos esperar de una clique cuyo único afán es buscar el poder para lucrar.
Si bien no podemos exigirles grandeza, por lo menos podríamos esperar un comportamiento digno y elegante, como corresponde a un estadista, no un confuso amasijo de torcidos sentimientos y bajas pasiones, producto de la impotencia y de la frustración. Hasta ahora, Evo Morales ha satisfecho con creces sus expectativas personales, aunque muchas veces ha tenido que morderse la lengua y tragar sapos, cosa normal en política.
Pero lo dijo José Ingenieros: “Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan”. Antes de concluir un mandato presidencial, Gonzalo Sánchez de Lozada dijo: “Me quedaré en el país para fregar al nuevo régimen”. Y muchos pensaron que era sólo uno de sus malos chistes; pero fue quizá la única ocasión en que no mintió. Juan Carlos Durán, frustrado candidato presidencial, confirmó esa bárbara intención con un galimatías, afirmando que su partido era “bueno para hacer oposición”. En cristiano: ya que el MNR no podía gobernar, tampoco dejaría gobernar.
Si fueran unos caballeros y si les importara de veras el país, ganadores y perdedores por lo menos se darían la mano, así fuera de mentirijillas, como los boxeadores antes de molerse a golpes; pero afean el espectáculo político afirmando que compiten en una “justa democrática”. Pierden la compostura porque les falta clase. Son soberbios en sus victorias baratas, y ladinos en sus estruendosos fracasos. Trepados al árbol de las peras, desvergonzados, autoritarios, mezquinos, revanchistas; en la oposición, despechados, resentidos, envidiosos, rencorosos. No saben ganar, y menos perder. Piensan y actúan como Sancho, de distinto modo que el Quijote. Esto hace la diferencia entre estadistas y sátrapas, entre grandes hombres y líderes postizos que infestan el mundo contemporáneo.
Todos sienten con las tripas, piensan con las patas y actúan con las uñas. Por eso el país está en ruinas después de mil revoluciones, reformas, reestructuraciones, nacionalizaciones, privatizaciones, capitalizaciones y otras mágicas recetas. Hoy, igual que ayer, los más zorros se las arreglan para disfrutar mejor del festín; aunque con mengua de las barrigas menos conspicuas del montón, aquellas que gritaron en las calles y pintaron paredes. Estos se resignarán a migajas o a nada, porque las grandes tajadas de torta son para los capos.
Los homenajes en vida son siempre interesados, ridículos y pasajeros. Evo Morales haría bien en repasar la historia: ¿Cuántas escuelas, parques, monumentos quedan con los nombres de Stalin, Trujillo, Somoza o Víctor Paz? El aeropuerto de Oruro tendrá a la larga el nombre que le asigne la historia, nuestra eterna y triste historia, pese a la falta de clase de nuestra “clase” política.
El autor es escritor
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