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Capitalismo de Estado 3.0

Por Gonzalo Chávez - 5/03/2013


Ambos modelos, hasta ahora, sólo han mostrado su cara política que se traduce en burbujas de consumo sin producción nacional y riqueza sin desarrollo. El péndulo sigue su eterno vaivén

En lo referente a la evolución de los modelos económicos, la historia de América Latina en general, y de Bolivia en particular, se explica a través de la teoría del péndulo. Ésta sostiene que, en ciertos periodos, nuestros países abrazan con furioso entusiasmo el liberalismo económico y, en otros años, se opta por el capitalismo de Estado con igual fervor.

En el caso boliviano, y tomando como referencia solamente los últimos 50 años, podemos hablar del periodo 1986-2005, como el momento en el que el péndulo del desarrollo se aproximó al liberalismo económico, cuyo objetivo central era la construcción de un andamiaje institucional para que el sector privado juegue un rol protagónico.

El modelo de capitalismo de Estado ha prevalecido entre 1952 y 1985, con diferentes matices de gestión política. Y desde el año 2006 hasta la actualidad, el péndulo también se ha desplazado al lado del estatismo.

Un rasgo común que tiene el vaivén del péndulo es que toda vez que va a un lado o al otro, las élites políticas de turno en el poder presentan el modelo de desarrollo como algo inédito, un cambio de era, una ruptura con el pasado. Pero en la realidad la historia siempre se repite, se recalienta el modelo y se presenta el liberalismo 2.0 o el capitalismo de Estado 3.0, la misma esencia pero con maquillaje nuevo.

Un otro rasgo común es que más allá del discurso político, ambos modelos implementados en Bolivia no han producido un cambio estructural en las bases del desarrollo. La economía nacional continúa siendo fuertemente dependiente de la explotación de recursos naturales (gas natural, minerales y soya). En realidad, lo que cambia es la gestión política y el andamio ideológico, pero persiste el modelo extractivista. El péndulo, fiel a su inercia, tiene su canal conductor que unas veces privatiza y otras nacionaliza los recursos naturales.

En estas circunstancias, la hipótesis de trabajo de esta columna, para el caso boliviano, es que tanto el modelo liberal como estatista no son estructuras diseñadas para un manejo eficiente de los factores económicos; a saber, creación y promoción de mercados, corrección de las fallas que presentan éstos, creación de un Estado eficaz que diseñe buenas políticas públicas para equilibrar la tensión entre equidad y eficiencia, entre otros problemas.

Ambos modelos parecen estar concebidos como mecanismos de control y fortalecimiento político, diferentes formas de administración del poder, técnicas diversas de captura de rentas por parte de las élites de turno. En otras palabras, el modelo de desarrollo que debería pivotear en torno de resultados económicos y sociales concretos, se convierte en un instrumento de acumulación de poder.

Los fines del desarrollo, como mejores empleos y menor pobreza, son sustituidos por los medios, nacionalización y privatización, por ejemplo. Por lo tanto, el ámbito de explicación más consistente para este fenómeno se encuentra en la economía política. Las decisiones de los políticos no se condicen con la racionalidad económica, sea liberal o de desarrollo estatal. La economía política no es política concentrada, como sostenía Marx, sino un juego de intereses corporativos y clientelares bajo la tutela de los políticos.

Un ejemplo interesante de esto es la economía política de la nacionalización. Con un criterio estrictamente económico —mejor funcionamiento de los mercados, buena provisión de servicios públicos y privados y aumento de la productividad— las nacionalizaciones deberían ser hechas en conjunto. Todas de una sola vez o en un lapso corto, de esta manera todos los actores económicos conocerían las nuevas reglas del juego.

La presencia del Estado sería clara en todos los ámbitos y así se reducirían los niveles de incertidumbre sistémica y toda la economía debería focalizarse en la generación de desarrollo y creación de empleo de calidad. Pero las nacionalizaciones son guiadas por criterios políticos de acumulación de poder, de reencaminar la opinión pública, razón por la cual se traspasan las empresas privadas al Estado con cuentagotas, una o dos cada año. La estrategia del poco a poco es muy efectiva desde la perspectiva de la política, aunque desde el punto de vista económico es ineficiente, genera incertidumbre y comportamientos defensivos de las empresas privadas, que piensan que serán las próximas a pasar a manos del Estado. Además, muchas de ellas dejan de invertir, deprecian más rápido su patrimonio, adelantan ganancias, entre otras prácticas defensivas. A su vez, este comportamiento proporciona motivos para su nacionalización.

El modelo de intervencionismo estatal construye sus soportes electorales y políticos, a través del rentismo y la corporativización de la sociedad. El liberalismo económico como instrumento político crea las condiciones para la captura de rentas por parte de grupos privados vinculados al poder. Ambos modelos, hasta ahora, sólo han mostrado su cara política que se traduce en burbujas de consumo sin producción nacional y riqueza sin desarrollo. El péndulo sigue su eterno vaivén.

El autor es economista

http://chavezbol.blogspot.com


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