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Difícil tarea

Por Mario Rueda Peña - 5/03/2013


A causa de su compleja etiología, la criminalidad sobrevive siempre a los embates de cualquier Plan de Seguridad Ciudadana, así como al endurecimiento de las sanciones penales. Estas últimas no operan el esperado efecto intimatorio en los delincuentes.

Uno de los escollos en la lucha contra la delincuencia es el crecimiento demográfico, en términos de vasta expansión urbana, generalmente sellada de pobreza en los barrios populares, donde la desocupación y otros males generan condiciones psicosociales propicias para la actividad delictiva. La disgregación familiar, casi siempre, empuja a ciertos adolescentes y jóvenes a la violencia barrial, cuyos protagonistas principales son las pandillas juveniles que de las meras bravatas pasan a los asaltos callejeros y robos domiciliarios. A todas estas causas se agrega la incapacidad institucional e infraestructural del Estado para tareas de prevención y represión de la delincuencia.

Santa Cruz, La Paz, El Alto y Cochabamba, las ciudades de mayor estatura demográfica del país, son las que mayormente padecen la inseguridad ciudadana. El caso de Santa Cruz, que bordea los 2 millones de habitantes, es el más representativo de todos. Se apunta más del 60 por ciento de la tasa delictiva global, según últimos y confiables datos. Muchos de los autores de asaltos y robos agravados son delincuentes de procedencia foránea. Y aumenta cada vez más la cuota parte del narcotráfico en la tasa delictiva regional.

En 1810, Santa Cruz tenía sólo 10.000 habitantes. Cien años después (1910) 18 mil y 57.000 en 1955. Durante todo este tiempo fue una aldea tranquila donde los únicos delitos eran el robo de gallinas y de algunos animales, amén de uno que otro homicidio o asesinato por venganzas o móviles pasionales. La hipertrofia demográfica comienza en la década del 70 como fenómeno paralelo a la conversión de Santa Cruz en lo que ahora es: motor del desarrollo nacional, y polo de atracción de una imparable migración del occidente del país.

Aun cuando se logre acortar la asimetría entre índice de criminalidad y programas estatales y regionales de seguridad ciudadana, no se podrá parar la ola delictiva.

Estamos ante una difícil tarea. Lo mucho que se conseguirá es disminuir un poco el mal, pero nada más, por ahora.

El autor es periodista


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