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La ironía de los silencios
Por María Lourdes Zabala Canedo - 8/03/2013
Asumiendo el 8 de marzo como un momento de reflexión, me pregunto si cabe seguir insistiendo en que la violencia contra las mujeres pasa por romper el silencio. “Mujer no calles, denuncia la violencia”. Qué ironía. Cuando lo hacen es a costa de sus propias vidas, con la complicidad de un Estado y sus aparatos judiciales, que no ignoran la agresión y, al contrario, la desencadenan. Afirmar esto parece contradictorio o una herejía contra el espíritu de nuestras demandas feministas de hace más de tres décadas, cuando desnaturalizar la violencia pasaba por hacer público y desenmascarar al enemigo con el que se dormía, a pesar de sus promesas y ritos de amor. Si el hogar era una fuente de dominación y maltrato, había que debilitarlo con la denuncia y la vergüenza del maltratador. Se entendía que la impunidad de estos dispositivos, eficaces para disciplinar los cuerpos de las mujeres y mermar su autonomía, evitaría la fatalidad de estos hechos.
En una situación en la que la violencia contra las mujeres resuena en todo el país y parece desbordar toda tolerancia, no por su novedad, sino por su reiteración, opino que el silencio tienen que romperlo los propios varones, aquellos que aunque sean minoría, consideran que este no es un problema de las mujeres, sino de ellos. Abogados, médicos, empresarios, los profesionales, las universidades, las escuelas, los sindicatos, los movimientos sociales; todos ellos dirigidos por genuinos liderazgos masculinos. Sus voces portadoras de legitimidad social y reconocimiento, debieran estar en todas partes, diciendo lo que callan: que este no es un problema de las hijas, de las madres, de las nietas, de las amantes, de las que están por nacer, que esta es la forma de desprecio más brutal y flagrante a la vida. ¿Se imagina Ud. un escenario mediático o callejero de menos mujeres y más hombres tocados por su sensibilidad, hilvanando soluciones, expresando su repudio, dibujando pancartas, identificando agresores, o sea su vecino, su colega, su pariente, su íntimo, su jefe? Estaríamos hablando de hombres de vanguardia, como corresponde a sus títulos, combatiendo un flagelo que deja ante sí, ni más ni menos, un campo de batalla, con una sola clase de muertos y un ejército triunfante de puro varones.
¿Qué tal una delegación de reconocidas autoridades de género masculino, policías, jueces, abogados y otros colados pidiendo audiencia para denunciar al Presidente y Vicepresidente del Estado Plurinacional, que sólo en 2012 fueron asesinadas en Bolivia 150 mujeres, aclarando que no se trata de ninguna epidemia… por si no lo sabían? ¿O recordando que Hanalí Huaycho no deja de ser una denuncia más,… pero después de muerta? ¿O para protestar porque improvisar arreglos para la inmediata aprobación de un proyecto de ley integral contra la violencia y el feminicidio, que viene peregrinando de la mano de movimientos de mujeres, desde el 2006 por las Cámaras, no pasa de ser una suerte de impostura o decisión “políticamente correcta”? Más allá de este gesto de humanidad, la representación queda con la duda de qué hacer con los cientos de Hanelíes, con sus verdugos sueltos y un Estado a la zaga ¡sorprendido e indignado de tanta violencia!
A riesgo de herir la solidaridad de grupo que se profesan los varones, ahí está la diferencia: ser parte del problema y asumirlo como tal.
La autora es socióloga y feminista
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