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Perdido en el mapa tecnológico

Por Fadrique Iglesias Mendizábal - 8/03/2013


Todavía no me he hartado del vecino, Manolo, quien insistentemente pregunta cómo puede ver el partido de la Champions por Internet (sin pagar, claro), dónde estaba esa radio on-line –Pandora o Spotify–, cómo puede mandar un DVD a su hija que vive en Argentina o qué debe hacer para abrir un archivo PDF en Word.

Y justo cuando sobrevivo a varias de sus dudas básicas, el mercado se inunda de otras tecnologías, en este caso la táctil. Sólo para Apple, pienso en un principio, pero luego me doy cuenta de que, incluso sin tener un iPhone me veo operando aparatos similares, inundados por las famosas aplicaciones o mejor dicho, apps, esa abreviatura que vincula la firma del finado Jobs con su producto estelar.

Accedo, a regañadientes y sintiéndome un poco anciano gruñón de esos que afirman que “antes se vivía mejor”, a adquirir un Smartphone o teléfono inteligente. Me descargo urgentemente el Whatsapp  y el Viber\, caso contrario el grupo de amigos, que ha trasladado las tertulias del colegio, universidad o trabajo, me habría excluido, como de hecho lo hicieron hasta que me alfabeticé en la materia.

Pues resulta que el siguiente paso, las computadoras de escritorio, e incluso aquellas portátiles pero con teclado, que utilizan Windows, por no quedarse atrás han decidido incorporar eso de las aplicaciones, o apps, específicamente la nueva versión de uno de los sistemas operativos que las leen, el Windows 8.

Ante el pánico que me inunda, pues yo estaba cómodo con mi viejo Skype, mi lostiempos.com y si acaso la edición on-line de Clarín, La Tercera o El País, estoy sumido en la más profunda obsolescencia comunicacional.

Con algo de timidez, acudo casi temblando a mi compañero de oficina, 10 años menor que yo, y quien al escuchar mis dudas más básicas me mira, sin quererlo quizás, como si yo fuera un troglodita. Él, solícito, responde una por una mis cuestiones, acudiendo al Google o a algún tutorial en Youtube en caso de no saber la respuesta, y logra sacarme del atolladero, al menos por unos instantes.

Una vez finalizada la consulta, en la que entendí ciertos beneficios que la nueva ventana tecnológica otorgaba, a saber, búsquedas trasversales en el equipo, tanto de programa como de archivos o Internet, opciones múltiples para compartir información por correo o redes sociales, o inclusive por la calidad de esos maravillosos gráficos, entendí que en mi caverna me estaba perdiendo de algo bueno, aunque también fui consciente de que ésa era una carrera de velocidad, y no de fondo –de momento– como la filosofía o la literatura.

Al llegar a mi casa, me senté en el sofá, encendí la computadora –con Windows 8, claro- y me sentí aturdido como cuando viajas a una nueva ciudad o como cuando te cambian la diagramación del periódico de toda la vida. En ese momento escuché el timbre. Imaginé al vecino, el viejo Manolo con un montón de dudas. Le abrí la puerta y le invité a pasar.

El autor es gestor cultural


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