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Chile, Habemus Mamam

Por Fernando Mires - 24/03/2013


En la política chilena cada uno hace lo suyo. Piñera gobierna al país como a una empresa y cerca del término de su mandato remonta las encuestas. La Alianza aprovechará el modesto repunte para elegir a cual de sus divos, Allamand o Golborne, lanzará a competir en primarias y así perder las elecciones presidenciales con cierta elegancia.

La clientela de la Concertación sólo espera las primarias para volver a las oficinas del Estado. Pues todos saben que, desde cuando Michelle Bachelet abandonó su sitio en la UNO, Habemus Maman. Lo demás es teatro, puro teatro, como el bolero que cantaba La Lupe.

Gracias a la intensa figura de Michelle Bachelet, la posibilidad de un Gobierno personalista ya es casi realidad. Para la Concertación cualquiera otra alternativa sería inviable. De ahí que siguiendo el juego, Bachelet se hace desear antes de dar el “sí” definitivo
Sin embargo, desde el punto de vista político inmediato, hay en Chile un hecho político digno de ser analizado. Me refiero al fenómeno del bacheletismo.

El de Michelle Bachelet será, efectivamente, el primer Gobierno típicamente personalista de la historia post-dictatorial. Afirmación que obliga, si no a definir, por lo menos a describir qué es lo que entiendo por personalismo en política. Para abreviar, recurriré -no es mi costumbre- a la autocitación.

En un artículo titulado “Personalismo y Política”, escribí lo siguiente: “El personalismo es una forma de representación pero no toda representación es personalista. Hablamos de personalismo cuando el representante (....) cubre todos los ámbitos de la política hasta el punto de que en lugar de representar un proyecto, el proyecto pasa a ser la propia persona del gobernante”.

No han faltado por cierto comentaristas que afirman que con el “personalismo bacheletista” Chile ha sido contagiado con la pandemia populista que asola el continente. Nada más lejos de la verdad. Pues si es cierto que no hay populismo sin personalismo, no todo personalismo es populista.

Michelle Bachelet está lejos de representar a una figura populista, y en ningún caso, aunque ejerza liderazgo, será una “caudilla” (por lo menos no en el sentido latinoamericano del término).

Ella no es representante de ningún movimiento mesiánico, no proclama ninguna verdad absoluta, ningún antagonismo irreconciliable, ninguna guerra en contra de algún imaginario imperio, ninguna patria o muerte, en fin, ninguna locura. En cierto modo, y haciendo uso de un término de moda, podría decirse que Bachelet es un oxímoron: una persona radicalmente moderada.

Más aún; el liderazgo de Bachelet es en muchos puntos anti-populista. Eso significa que su liderazgo ha surgido de acuerdos inter-partidarios y no sobre-partidarios. Por supuesto, se trata de partidos que son difícilmente unificables sin Bachelet. Pero también es cierto que sin esos partidos Bachelet no podría postular. Su trascendencia extra-partidaria es enorme, pero a la vez, relativa.

La pregunta del millón es entonces ¿de dónde viene el liderazgo de Bachelet?

Pensamos en términos casi psico-políticos, Michelle Bachelet no aparece como una figura matriarcal, pero sí como una maternal. ¿Qué quiero decir con eso? Antes que nada dos cosas:

Una, bajo su liderazgo los partidos de la Concertación tienden a la disciplina y sin él, a la indisciplina. Dos, ella es por el momento la única persona que puede mediar entre las fracciones opositoras. Sea por su carácter, por la simbólica política, o por simple casualidad, lo cierto es que su fuerza viene de su capacidad mediadora, punto que la aleja todavía más del clásico esquema populista de dominación.

La mediación bacheletista tiende a disminuir tensiones, lo que en un país políticamente traumatizado como Chile no deja de ser importante. Bachelet sabe seguramente que una parte del trauma político se expresa en que un gran sector de la ciudadanía no puede recordar el pasado y otra, igual de grande, no puede olvidarlo. Bajo esas condiciones, Bachelet, gracias a sus mediaciones, impone cierta tranquilidad, la necesaria al menos para no poner en riesgo el principio de gobernabilidad.

Así, Bachelet se erigirá en nombre de grandes cambios, en una figura política que no hará grandes cambios.

El “modelo neoliberal” (así llaman los chilenos a la economía nacional) seguirá su curso, y el camino emprendido por Piñera, el de virar hacia los mercados asiáticos, continuará durante su mandato. Por cierto, habrá una reforma constitucional simbólica. Una parte considerable del gasto público subvencionará a los más empobrecidos. El movimiento estudiantil perderá su fuerza anti-derecha (es decir, su fuerza) y no pocos líderes iniciarán una aburrida carrera como regidores o como diputados. Incluso el movimiento mapuche perderá su beligerancia cuando vea que sus líderes, incluyendo los comunistas, gozarán de algunos puestos públicos.

Desde el punto de vista de la gobernabilidad y de la paz social lo mejor que puede suceder en Chile es un Gobierno Bachelet. Ésa es la razón por la cual cada vez que alguien me pregunta sobre la situación de mi país, yo solo atino a responder: “Está bien”.

Por supuesto, sé que Santiago no es respirable. Sé que las clases medias son las más consumistas del continente. Sé que las demostraciones públicas, aunque sea por los motivos más insignificantes, son violentísimas. Sé que a pesar de que hay menos pobres, la desigualdad social es enorme. Sé también que desde el punto de vista geológico Chile está situado en una zona inhabitable del planeta. Pero a pesar de todo, insisto en responder: “Chile está bien”.

Cada juicio –así dijo Kant- es comparativo. Por eso cuando afirmo, “Chile está bien”, no lo digo mirando a Chile sino a otros países del continente. Al menos los chilenos, políticamente hablando, ya no se sienten huérfanos: ¡Habemus Mamam!

El autor es filósofo, profesor emérito de la Universidad de Oldenburg, Alemania
Mires.fernando5@googlemail.com
polisfmires.blogspot.com


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