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El día después

Por Gustavo Rodríguez Ostria - 24/03/2013


La Guerra del Pacífico acabó para Bolivia el 26 de mayo de 1880,  luego de la derrota en los arenales del Alto de la Alianza, cerca de Tacna. La tropa se retiró derrotada y desordenada a refugiarse entre las breñas andinas y no participó más en la contienda. Fue el Perú, en rigor, quien llevó el mayor peso, incluyendo la afrenta de tener ocupada su capital por casi tres años entre enero de 1881 y octubre de 1883. A la postre, sin embargo, fue Bolivia la que pagó más caro el descalabro militar a costa de su mar y miles de kilómetros cuadrados de territorio. Pero esta certeza común contiene sus propios reparos. Ocurre que la lectura del pasado como una epifanía o una hagiografía, como ocurre cada 23 de marzo, esconde las consecuencias internas de la Guerra.

Cuando los chasquis trajeron la infausta noticia del desastre del 26 de mayo, la oligarquía boliviana debatía una nueva constitución que aprobaron presurosos con la convicción que así, con un modernizado andamiaje estatal, conjurarían los males de la derrota con Chile.  Se fundaría así la nomenclatura liberal y su proyecto de renovación civilizatoria. Como la imagen de ciudadano/propietario del recetario liberal chocaba con las convicciones comunitarias de la mayoría indígena –a la que cierta prensa alarmista calificaba de “comunistas”– decidieron desbaratar su sistema de propiedad y cultura.

Como primer paso promovieron el despojo de tierras y territorios ancestrales, y establecieron su propio Tratado de Límites, pero interno.  Desde fines del siglo XIX, comunidades indígenas enteras se transformaron en haciendas señoriales y se vendieron miles de hectáreas en el oriente, bajo el manido pretexto que eran “vacantes”. Ni los españoles habían dado este paso. Los actos del poder criollo despertaron el belicoso rechazo de guaraníes (1892), aimaras (1899 y 1927) y en otros pueblos. En otras palabras el adversario chileno, con quien ya se tejían lazos económicos amistosos, fue remplazado por el irreconocible y “salvaje” (sic) enemigo interno de rostro cobrizo y habla no castiza. Los señores de tierras y minas, incapaces de defender el Litoral y unas tierras que para ellos valían poco, apuntaron rifles y afinaron espadas para derrotar a su propia población y confiscarle por la fuerza su valiosa heredad, como si fuera un paso necesario para el triunfo de “la razón y la civilización”.

Uno de esos días de 1890, por ejemplo, cuando José Manuel Pando –luego presidente de Bolivia– remontaba un caudaloso río en el Beni  buscando nuevas riquezas  en territorio indígena, fue atacado a flechazos desde la orilla. El invasor desembarcó y dio cuenta de los rebeldes a certeros tiros de fusil. Luego, para afirmar la presencia estatal, ondeó la tricolor en un acto de conquista, que seguramente no fue muy diferente al de Pizarro con el pendón hispano tras derrotar en Cajamarca al Inca Atahualpa el 16 de noviembre de 1532.

La historia de la contienda con Chile y sus largos efectos, no se acaba pues en el Puente del Topáter o el Tratado de 1904.

El autor es historiador


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