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Opiniones de perilla, cabalitas para cada cabeza

Por Waldo Peña Cazas - 24/03/2013


Unos ganaron y otros perdieron –poco importa quienes  porque en fin de cuentas perdió el país– ¬¬pero el aeropuerto de Oruro no llevará el nombre de  fulano o de mengano en atención a la justicia o a la historia, sino porque unas opiniones pesan más que otras, no por ser mejores o justas, sino por una especie de contagio social que afecta al pensamiento y al sentimiento. Las opiniones del ciudadano común, sin interés inmediato en este tonto conflicto, son cabales para su cabeza, como el tamaño de su sombrero, y carecen de peso específico.

Aparte de  bajas consideraciones abdominales, ¿qué otras razones pesan para opinar así o asá? Si de opiniones y actitudes políticas se trata, ¿tienen algo que ver la tradición, los estilos de vida, la economía, el estatus social, las frustraciones, los prejuicios? En las elecciones, votamos rosado, verde, azul o amarillo ignorando las influencias del color en las emociones y sentimientos. En el caso del aeropuerto, no hay actividad  mental, personal, consciente, previa a las actitudes de aprobación o de rechazo al nombre.

Para los marxistas, el determinante fundamental de la historia es la lucha de clases; pero algunos sociólogos hablan más bien  de la lucha de caracteres: ninguna sociedad está compuesta por personas con idéntica constitución caracterológica; y todas se desintegrarían sin los mordientes de la historia, las tradiciones y las leyes. Hay en el mundo dos grandes grupos caracterológicos: el de los individuos orientados al interior de sí mismos, y el de los orientados hacia fuera; y el desarrollo de las comunicaciones, las migraciones humanas, la permeabilidad de las clases sociales y otros procesos históricos provocan conflictos entre grupos representativos de cada cultura. En los últimos siglos, habría habido un predominio alternado de uno de estos grandes tipos caracterológicos.

¿Quiénes exigen respeto al viejo nombre del aeropuerto orureño? Individuos conservadores, muy conscientes de la opinión ajena, con una sensibilidad que no sólo afecta a la apariencia externa, sino a los sentimientos, pensamientos y opiniones, que no deben desentonar en el círculo social. Es, en rigor, gente con vergüenza a contradecir una moral de grupo establecida, incapaz de liberarse del yugo paterno o de una autoridad similar, así sea opresora y tiránica. Esto es lo que los norteamericanos llaman  “keeping up with the joneses” (mantenerse a la altura de todo el mundo).

Las opiniones encontradas son propias de la sagrada liturgia democrática y sirven para legitimar la farsa; pero los investigadores de las ciencias del comportamiento tienen aquí un excelente laboratorio para descubrir las motivaciones y actitudes políticas en general. Me explicaré mejor: en el quehacer político hay  “opciones” propias del mundillo social de cada protagonista: indios y cholos legítimos o postizos, señoritos y gringos reales o falsificados son como ese personaje de “Ana Karenina”, novela de Tolstoi, que no escogía sus opiniones y actitudes políticas, sino que éstas le caían de perilla, cabalitas para su cabeza, como su sombrero de modelo impuesto por la moda, y cuyo liberalismo era como el cigarro que fumaba después de cenar  para poner cortinas de humo entre su cerebro y la realidad.

Personajes como el de Tolstoi no tienen genuino interés por la política; pero abundan y, cuando deben actuar políticamente hacen lo que ven hacer: se dejan arrastrar por la corriente más fuerte, porque su camisa, sus pantalones, sus zapatos y sus opiniones y actitudes políticas deben ser similares a los de sus semejantes, siguiendo la norma general del entorno social inmediato. No elaboran sus ideas: recogen un chicle ya masticado por otros.

Personas de este tipo no tienen cabeza ni para ponerse un sombrero, y son fácilmente manipuladas por políticos profesionales, que tampoco piensan para actuar; pero que sí saben lo que quieren.

El autor es escritor


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