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Un Rally Dakar para el aburrimiento

Por Gonzalo Mendieta Romero - 24/03/2013


Me entretuvo oír al Ministro de la Presidencia, embelesado por la “negociación brillante” (o algo así) que el Presidente sostuvo en Francia con las aves rapaces que organizan el Rally Dakar. La habilidad fue tal, que el 2014 las invencibles máquinas de Occidente pasarán por aquí como embravecidos huanacos.

El brillo negociador al que aludía el ministro genera un enorme desconcierto: sugiere que las luchas de Túpac Katari, de las que el Gobierno se reclama heredero, se hicieron –al menos en parte– para intentar auspiciar el Miss Universo en Bolivia y, ahora, para traer a los bólidos del Dakar a la estepa andina. Nadie sabía que el tesón de siglos iba a rematar en un espectáculo globalizado de cientos de llantas Goodyear apelmazando el altiplano aimara.

Quizá el costo monetario y político de traer el Dakar lo vale, si lo que se espera con el Rally es mantener absorto a uno de los ministros, para que se dedique a menesteres inofensivos, como la velocidad y el vértigo. Es lo de menos si hay modos más baratos de distraer y maravillar a los hombres de Estado.

El Dakar andino seguramente servirá además para alegrar a los que dirigen los premios nacionales de automovilismo. Antes, estos premios se llamaban “René Barrientos” o “Hugo Banzer” y, ahora, “Evo Morales” (el aeropuerto de Oruro es sólo la cumbre de ese tipo de amor platónico. Es tan espontáneo el afecto, que Banzer y Evo comparten fieles entre los orfebres de los torneos de automovilismo).

Sin ofender, preferiría que el talento negociador se usara en casa o en emprendimientos más perdurables que un correteo motorizado. Por ejemplo, las dotes persuasivas podrían ser aprovechadas para reavivar las tratativas con Chile, ya que Piñera es un empresario como los del Dakar.

No es santo de mi fervor, pero ¿qué diría de todo esto el Che Guevara?, esa deidad de la iconografía oficial. El Che –mal político, pero ascético– no frecuentaba pasatiempos triviales como el de los cochecitos con motor. Exponía el pellejo en serio, como cuando fue al Congo a combatir. A propósito, allí uno de sus enemigos fue el comandante de ejército, Mobutu, que derrocó al venerado del Che, Patrice Lumumba. Luego, Mobutu Sese Seko se convirtió en el déspota de Zaire.

Cuando el Che ya era historia boliviana, Mobutu acogió a la célebre pelea entre Muhammad Alí y George Foreman, para gozar de buena prensa. Mobutu fue generoso con los regentes del boxeo universal: puso millones en sus bolsillos a cambio de unas horas de atención mundial. Como se ve, es un modelo penoso, pues en África sí hubo políticos de talla: lo prueban Mandela, Nasser o el propio Lumumba.

Evo no es Mobutu, entre otras cosas porque es un líder popular y un presidente elegido. Es curioso, no obstante, que en las filas de Evo prediquen una tradición severa de izquierda, pero enloquezcan cada vez más con las cámaras y el oropel, como ocurría con Menem, tan amigo de la diversión ligera.

Figurar en la televisión mundial a cualquier precio es una patología extendida. Se incuba en una venenosa mezcla: pocas ideas, mucho tedio, éxito y plata pública. El MAS debería aspirar a sortear ese mal tan afín a la decadencia precoz, si realmente desea permanecer en las amenas funciones que ejerce. Es muy postmoderno usar la simbología que sea, según convenga, descartando incluso la propia. Lo malo es que la gente te cree. Y te pone en la bolsa de los Menem.

La decadencia llega sin avisar. Perón la sufrió, paseando en moto por las “minitas”, para acabar contribuyendo al cóctel en el que la dictadura arrasó a Argentina. Castro, por ejemplo, lleva la vejez encima pero su mayor concesión al show business fue recibir a Maradona.

El discurso “de izquierda” se va canjeando aquí por ensordecedores motores. Debe ser que hay un gran vacío, un angustioso silencio en el alma ideológica gubernamental; un vacío tan formidable como el aburrimiento de atesorar todo el poder con ministros y amigos que te idolatran siempre, incluso cuando te equivocas. Se necesita un Dakar, sin duda.

El autor es abogado


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