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Los iraquíes no pierden la esperanza

Por Ayad Allawi - 25/03/2013


Había un deseo casi unánime de un país en paz consigo mismo y con sus vecinos, y de una constitución que defendiera los derechos humanos básicos y el estado de derecho. Pero Estados Unidos y sus aliados declararon a Irak país ocupado y encargaron su conducción a un administrador designado por Estados Unidos

BAGDAD – Ya pasaron 10 años desde el derrocamiento de Saddam Hussein, que se produjo después de más de tres décadas de tiranía. Tras la caída de Saddam, los iraquíes soñaron construir un nuevo Irak, próspero y democrático. Había un deseo casi unánime de un país en paz consigo mismo y con sus vecinos, y de una constitución que defendiera los derechos humanos básicos y el estado de derecho.

Pero Estados Unidos y sus aliados, sin una visión coherente del futuro de Irak, y mucho menos una política razonable para la etapa posterior a Saddam, declararon a Irak país ocupado y encargaron su conducción a un administrador designado por Estados Unidos, que al poco tiempo decidió desmantelar todas las instituciones de seguridad, militares y de prensa existentes.

También introdujo una ley de “desbaazificación” del país, que proscribió de ocupar puestos públicos (sin derecho a apelación) a miembros del partido Baaz y dejó el camino abierto para la llegada del sectarismo y, finalmente, el desorden y la violencia civil.

Estos lamentables (y a la larga, desastrosos) acontecimientos dejaron a Irak, un país estratégico situado en el corazón de una región del mundo convulsionada y a la vez vital, apoyado sobre cimientos inestables. A lo largo de los 10 años de agonía que siguieron, el país pasó por sucesivas etapas de pésimos manejos que lo fracturaron y destruyeron los sueños de los iraquíes, que veían a su amada patria deslizarse una vez más hacia el autoritarismo, mientras la constitución era objeto de violaciones casi a diario. El mundo observaba aparentemente incapaz de hacer nada.

La última elección general celebrada en Irak en 2010 trajo consigo esperanzas de recuperación, al alcanzarse un acuerdo de coparticipación del poder entre las comunidades sunita, shiíta y kurda, que supuestamente garantizaría que el país no cayera otra vez en la dictadura. En esas elecciones había surgido como bloque mayoritario el Movimiento Nacional Iraquí (que lidero).

Pero a pesar del resultado, acordamos renunciar al liderazgo que nos otorga la Constitución, convencidos de que la coparticipación del poder y el respeto por los derechos de todos los iraquíes son la única fórmula para gobernar el país democráticamente. Sin embargo, estas esperanzas pronto se desvanecieron, cuando quien ocupa el cargo de primer ministro de Irak desde hace dos mandatos, Nuri Al Maliki, se negó a respetar dicho acuerdo.

Hoy, los mismos derechos humanos que la constitución garantizó son objeto de violaciones, el sistema judicial está politizado y sometido a manipulaciones y abusos rutinarios con el fin de justificar las acciones del primer ministro. En vez de controlar al Gobierno de Maliki, los tribunales facilitan su búsqueda de poder creciente.

Como si los iraquíes comunes no tuvieran ya suficientes problemas, los servicios públicos se han deteriorado hasta un nivel calamitoso y hay un veloz aumento del desempleo, a pesar de que tras siete años de Gobierno de Maliki el gasto público ya supera los 500.000 millones de dólares. El sectarismo y el racismo se han convertido en elementos habituales del paisaje político, y la corrupción no tiene freno. En la actualidad, Bagdad se considera uno de los peores lugares del mundo para vivir.

Si Irak continúa por esta senda desastrosa, no habrá otro resultado que caos y guerra civil, y las consecuencias para toda la región serán terribles. Pero los iraquíes no pierden la esperanza de un futuro mejor.

La llegada de un nuevo ciclo electoral, que comenzará en abril con elecciones de nivel local, trae consigo otra oportunidad para poner a Irak en la senda correcta. Pero para que eso ocurra, es imprescindible que la votación sea libre y el recuento de los votos sea justo.

Sin embargo, el Gobierno actual es incapaz de supervisar elecciones libres y justas. Es necesario tomar medidas significativas, que incluyan la participación activa de organismos y observadores internacionales neutrales que controlen al Gobierno y garanticen que se respete la voluntad de los votantes. Tenemos plenas esperanzas de que se dará a los iraquíes (hartos ya de partidos políticos sectarios) libertad para elegir a aquellos candidatos que abogan por una plataforma sin sectarismo ni racismo.

La aprobación de una nueva ley que limita a dos períodos el mandato de los funcionarios de mayor jerarquía, nos da también motivos para esperar que los puestos de poder sean ocupados por una nueva dirigencia que esté obligada a rendir cuentas de sus acciones. Estoy seguro de que la coparticipación del poder, la reconciliación y el principio de responsabilidad son la única salida que tiene Irak. Esperemos que esta primavera (que llega 10 años después de la invasión estadounidense y la caída de Saddam) traiga para Irak un nuevo y constructivo comienzo.

El autor fue primer ministro de Irak entre 2003 y 2005, tras la caída de Saddam Hussein, y estuvo a cargo de supervisar las primeras elecciones libres celebradas en Irak. En la actualidad lidera el bloque del Movimiento Nacional Iraquí en el parlamento.

© Project Syndicate y LOS TIEMPOS 1995–2013


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