No se puede realizar la operación. Intente más tarde.No hemos encontrado noticias según este criterio.
El burro de Jesús
Columnistas

Miércoles 26 de noviembre del 2014. Actualizado a las 20:23 (Gmt -4)

Buscar en lostiempos.com

Ed. Impresa

El burro de Jesús

Por Ramiro Antelo León - 29/03/2013


El Domingo de Ramos, Jesucristo ingresó triunfante en Jerusalén. Pero no entró caminando. Vino montado en un burro. ¿Habrá proclamación más que bella que ésa que relatan los que dicen que estuvieron allí? Un hombre bueno y humilde, montado en un asno cruzando en medio de una multitud que clamaba por falta de amor, por enfermedad, por sufrimientos viejos, por un poco de amabilidad; batiendo ramos de palmas, con la íntima esperanza que este hombre que montaba en un burro, traiga consigo una nueva vida y una nueva verdad para gobernantes y gobernados, para sufridos y sufridores.

El hombre del burro venía de lograr grandes victorias sobre los males de esta tierra. Había vencido a Satanás con cuatro frases y después de ese ligero encontrón, el príncipe de las tinieblas no volvió ni por el cambio. Algunos de sus acólitos, demonios menores, se encontraron también con el Nazareno y le clamaron ¡Hijo de Dios por qué has venido a atormentarnos! La lepra se curaba, la ceguera, la cojera y la soledad. La humillación se erradicaba y cedían ante sus palabras llenas de luz y amor, las tinieblas del corazón de los cobradores de impuestos y de los cuestores romanos. Su avance era contundente. Cuando sus hombres le dijeron que una multitud de 5 mil seguidores tenía hambre, contestó: denles de comer. Los Apóstoles que más estaban para pedir que para dar, le dijeron llenos de duda ¿cómo podríamos hacerlo con sólo dos pescados y cinco panes?

Jesucristo ante la multitud derrotó el hambre de la gente y la duda de sus seguidores. Caminó sobre las aguas y venció la muerte traicionera que se quería llevar a Lázaro sin permiso del hijo de Dios. Así llegó a Jerusalén, victorioso y sereno montado en un silencioso burro.

Pero la guerra no estaba resuelta, no. Un enemigo persistía en la maldad y pese a las derrotas, aun miraba con odio en las pupilas, el lento caminar del Príncipe del Reino de los Cielos. Los religiosos. Aquellos hipócritas de corazón de piedra, que se oponían paso a paso al caminar de Jesús, esperaban agazapados en Jerusalén para dar el golpe más cobarde y tratar de callarlo para que no les quite autoridad frente a la multitud.

Jesús les conocía el corazón a esos señores que caminan con las escrituras bajo el brazo y el corazón ennegrecido por la soberbia. Jesús sabía de sus pensamientos homicidas y caminaba con un dolor agudo en el corazón. El burro, al llegar a las puertas del Templo y ser despedido por su insigne pasajero, retornó a sus campos a trabajar como siempre y soportar las tediosas conversaciones de su amo. El animal fue el instrumento que utilizó Jesús para entrar en triunfo a Jerusalén y grande es su ejemplo. Su silencio, su humildad. Qué distinta la actitud de otros que dicen son instrumentos de Dios y cargan con los aplausos, las ofrendas y el orgullo y dejan sobras para su mandante. Qué ridículo se habría visto el burro de Jesús en medio los aplausos de la multitud, el también moviendo la cabeza y diciendo gracias, gracias… Pero no lo hizo, era sólo un burro no un estúpido ensoberbecido.

Jesús tiene tantos seguidores ahora y todos caminan con las mismas escrituras bajo el brazo, que si retorna nuevamente, uno se pregunta: ¿esta vez lo podrán reconocer? La segunda venida de Jesús a la Tierra se acercaría si todos sus seguidores fuesen obedientes y humildes como el burro del Domingo de Ramos.

El autor es escritor


Últimas noticias