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Realidades que conspiran

Por Agustín Echalar Ascarrunz - 20/05/2013


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La semana pasada ha estado un tanto convulsionada. Los bloqueos han producido ingentes pérdidas económicas al país y a sus empresas, y contratiempos de diversa índole a la población.

Es por eso, que sean contra Goni o contra Evo, no se puede aplaudir de ninguna manera este tipo de acciones. Las marchas y los bloqueos suelen ser irracionales y pueden muy bien ser orquestadas por oscuros intereses; son, en primera instancia, sospechosas de no ser lo que pretenden, y por eso también merecen rechazo.

Es por ello que el origen de estos nuevos tiempos es tan espurio; es debido a eso que la famosa democracia directa no es más que un fraude, y no deja de llamar la atención que sea Evo Morales mismo el rey de esas prácticas, el que ahora desenmascare ese vil juego al denunciar a los obreros y maestros que se han movilizado como parte de una conspiración golpista.

Esta confesión de quien sabe mejor que nadie en nuestro país del arte de los bloqueos, puede sernos muy útil para hacer la relectura necesaria de los luctuosos hechos de febrero y de octubre de 2003, de donde emanó la famosa agenda de El Alto, cuya implementación es de alguna manera la política del actual sistema gubernamental.

Como lo ha dicho don Evo, a las movilizaciones sociales, a la masa, se la puede manipular fácilmente, sin embargo, de la nada no es posible que pueda armarse un fenómeno social como el que se vivió en 2003, o como el que se está viviendo estos días. Aún el más irredento neoliberal podría decir que en aquellos años reinaba la felicidad: la pobreza general y la iliquidez del Estado causaban grandes y justificadas frustraciones. Bolivia era, en el 2003, un abonado campo de insurgencia, aunque curiosamente a la gente le había ido mucho peor antes.

Hoy, las circunstancias son distintas, la gente tiene mucho más dinero que hace 10 años, y el Estado también, sólo que el dinero vale mucho menos, y es posible que a una inmensa cantidad de asalariados les vaya hoy peor que entonces. Y eso lo pueden notar fácilmente cuando van al mercado, o cuando calculan lo que tendrán que ahorrar para hacerse de una vivienda.

El Estado que se presenta poderoso, a veces despilfarrador, a veces prepotente, mostrando 24 horas sobre 24, que nos va 10 o más veces mejor que hace 10 años, no logra hacer que ese bienestar le llegue a la gente en esas proporciones.

En el año 2003, a la gente se le contó que nos estaban engañando con lo del gas, de la misma manera como se había hecho con el estaño y con la plata. No dejaban de ser éstos unos planteamientos un tanto abstractos y se tuvo que condimentar la rebelión con el religioso rechazo a Chile, el enemigo de siempre (tan útil). Ahora, el asunto es más concreto, la gente puede ver en sus billeteras y en sus libretas de ahorro, y de paso, pueden compararlas con los gastos dispendiosos del Presidente y su entorno (me refiero concretamente al uso del avión de 34 millones). Para colmo, las diferencias odiosas que existen en la forma de calcular las pensiones añaden justificadamente la indignación a la molestia y a la preocupación por el futuro. La furia está servida, pero, por supuesto, la historia no se repite.

El autor es operador de turismo

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