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La fundación de Cochabamba

Por Ramón Rocha Monroy - 17/08/2013


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Cochabamba se lleva la flor, pues la antigua Villa Galindo tiene puros nombres coloniales, y su plazuela principal se llama Virrey Toledo e incluso tiene un monumento ridículo, vestido a la francesa, al personaje que a su paso por el país extremó el rigor de la colonia

Todavía se discute si la fundación de Cochabamba ocurrió en 1571 o en 1574, y en qué lugares ocurrió. David Pereira, ex Director del Museo Arqueológico de la UMSS, opina que fue en las inmediaciones de El Pueblito, junto a una vertiente que todavía funciona, y la nueva Villa se prolongaba en sentido longitudinal hacia la laguna Alalay. Junto a ella, los españoles tenían sus cuadras de caballos, mulos y ganado vacuno; por eso la zona todavía se llama Las Cuadras.

Sin embargo, no podemos despojarnos del espíritu colonial, porque honramos al conquistador, tanto al soldado como al caballero jinete o al cura, la tenebrosa trilogía de la Conquista. Tzvetan Todorov, que estudió “la otredad”, dice que incluso las sevicias y crueldades más grandes de la Conquista no se comparan con ese sentimiento de otredad que nos aflige a los latinoamericanos, ese no reconocerse en el otro según el color de la piel. En efecto, aquí tenemos todas las tonalidades, desde el blanco-blanco hasta la piel oscura de los indígenas.

Somos América morena, mientras nuestros gobernantes, salvo excepciones, han sido blancos y de linaje español conocido.

Para ilustrar la magnitud de lo que dice, Todorov cita dos casos de extrema crueldad ocurridos durante la conquista de México. El primero dice que una columna de soldados españoles encontró en el lecho de un río piedra de amolar, es decir, de afilar sus espaldas. Procedieron a ello y como a uno de ellos se le ocurriera probar el filo de su espada, vio junto a él a un natural que lo observaba de cuclillas, y le rebanó limpiamente la cabeza. Sus compañeros se rieron e hicieron lo mismo, de suerte que en poco tiempo habían rebanado las cabezas de un centenar de indígenas semidesnudos que les llevaban los bultos. El segundo es quizá peor: parte del botín que se llevaban los soldados españoles eran las mujeres, que solían ser sumisas y se sometían al ardor peninsular. Sin embargo, una de ellas no quiso someterse, y no vamos decir ahora que porque era princesa, sino porque defendía su sexo y su género contra el atropello. El español montó en cólera y ordenó que la aperrearan. El suplicio consistía en meterla a la jaula de unos bravos mastines criados para matar, que los ejércitos solían llevar a la vanguardia para despedazar al enemigo. La metieron desnuda y en poco tiempo no dejaron ni huesitos de ella. Pues bien, aun siendo ejemplos extremos, no se comparaban con ese sentimiento persistente que nos impide ser democráticos y no discriminar por el color de la piel. Que Bolivia construya otra forma de convivencia desde el 2005 no significa que en el resto de América ocurra lo mismo.

Basta ver el caso de Chile, donde Piñera, sus ministros y en general la clase gobernante, son millonarios y pertenecen por generaciones a la ultraburguesía de su país.

En Bolivia se construye algo distinto desde que aprobamos la nueva Constitución; sin embargo, una avenida principal de Sopocachi, en La Paz, lleva el nombre de Juan Sánchez Lima, el más sanguinario gobernador de La Paz, que recorrió los valles de la guerrilla exterminando cuanto encontraba a su paso, incluidas las vacas, a las cuales sus hombres les abrían el vientre y les cortaban las “chiquisuelas”, como cuenta el Tambor Vargas, en realidad las choquizuelas o rodillas. Lo mismo hay una calle Reseguín, en “homenaje” a quien capturó a Tupac Katari. Pero Cochabamba se lleva la flor, pues la antigua Villa Galindo tiene puros nombres coloniales, y su plazuela principal se llama Virrey Toledo e incluso tiene un monumento ridículo, vestido a la francesa, al personaje que a su paso por el país extremó el rigor de la colonia, mantuvo la mita, sistematizó el tributo y fue el introductor del azogue o mercurio para beneficiar las arenas ricas en plata. Tan duras fueron las reformas de Toledo, que dos siglos después provocaron los levantamientos de Tupac Amaru, Tomás Katari, Tupac Katari y Bartolina Sisa.

Sin embargo, no hay ni un callejón meado que lleve el nombre del Tambor Vargas ni siquiera en Oruro, donde debían haberle erigido un monumento por ser orureño. Lo mismo pasa con los 300 patriotas que menciona el Tambor, desconocidos incluso en sus pueblos de origen.

Ya es tarde para quejarse, pero en tiempos republicanos nos portamos peor: el Estado se fundaba en el tributo indigenal, pero los indios no eran ciudadanos, no eran electores ni elegidos y se les negaba el derecho a la educación. Basta ver en Google, poner Brooke Larson y leer El problema del Indio en Bolivia. Y no sólo los indios, también las mujeres.

El autor es cronista de Cochabamba

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