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¿Quién es la bestia?

Por Waldo Peña Cazas - 25/08/2013


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En el Día del Perro, me conmovió la actitud de damas paceñas que distribuyeron sándwiches entre canes callejeros abandonados o sin dueño. Ante la indiferencia de la sociedad y de las autoridades, hay también miles de niños hambrientos en las calles, y la pregunta es: ¿También los animales abandonan a sus hijos? No. Los animales, salvajes o domesticados, sufren por culpa del hombre. El llamado Rey de la Creación es más bien la más degenerada de las criaturas que sufre por sus propias culpas y hace sufrir más a otros animales.

Ninguna historia de horror podrá jamás superar al infinito dolor y sufrimiento de millones de inocentes animales víctimas de la crueldad humana: monos, conejos, sapos y ratoncillos destripados en vida “en aras de la ciencia”; nutrias, castores y chinchillas despellejados para adornar los cogotes de mujeres vanidosas; hermosos toros asesinados en los ruedos por “valientes mataores”; perros y gallos obligados a destrozarse entre sí para morbosa diversión de degenerados; exhaustas bestias de carga azotadas por estúpidos arrieros.

He visto matar a palos a chivos para convertirlos en odres y capar toros machucando sus testículos a martillazos. Conozco “civilizados” ciudadanos que salen a cazar palomas sólo por divertirse o que tienen al perro, “su mejor amigo”, permanentemente encadenado.  Ni para qué hablar de circos y zoológicos.

Cierta vez, en una céntrica avenida cochabambina, vi un perrito con las patitas quebradas por algún conductor salvaje, pugnando por refugiarse en la acera y aterrado por centenares de vehículos. Nadie se conmovió por su tragedia, y nadie tampoco hubiera podido detener a la apurada civilización que pasaba indiferente a su agonía. El pichicho acabó mezclando su sangre con el polvo del asfalto.

Otra vez, mientras esperaba a alguien, me distraía contemplando un alegre grupo de cinco o seis perros que jugaban en media calle, hasta que otro salvaje conductor atropelló a uno de ellos. Una buena mujer arrastró al animalito agonizante cerca a la vereda y los demás perritos lamieron las heridas como queriendo aliviar su dolor. El Rey de la Creación no haría eso.

En un magistral ensayo, George Orwell relata una dolorosa experiencia juvenil cuando era policía en Birmania, al servicio del imperio. Los nativos le odiaban, como a todos los ingleses; y él, como buen inglés, debía hacer cosas que no le agradaban pero que el sistema le exigía. En esa ocasión, debía matar a un elefante enloquecido que aterrorizaba la aldea, y tuvo que hacerlo sólo “para no quedar como un tonto”, pues era un hombre blanco y no podía perder prestigio ante los nativos porque “un sahib debe actuar como un sahib”.

“Percibí por vez primera, lo vano, lo inútil del dominio del hombre blanco en el Este...”–dice Orwell–”... yo era sólo un títere llevado de un lado a otro por la voluntad de esos rostros amarillos”. A partir de esta reflexión, concluye que “cuando el hombre blanco se vuelve tirano es su propia libertad la que destruye, ya que en cada crisis debe hacer lo que los nativos esperan de él”.

Pero siempre he dudado de los verdaderos sentimientos de Orwell. No sé si estaba preocupado por el sufrimiento del pobre animal o por su frustración de inglés anticolonialista. Aunque era un gran humanista, era al mismo tiempo un sajón, y su subconsciente le delata cuando dice que matar al animal fue “como destruir una enorme y costosa maquinaria”.

Muchos movimientos ecologistas y de preservación de la vida silvestre se fundan en razones económicas y prácticas. No interesan los animales en sí, sino el futuro del hombre en un mundo devastado y sin recursos. Otras sociedades obedecen más bien a un sentido de justicia y de amor por la naturaleza para combatir la crueldad innecesaria con los animales.

Las damas que repartieron comida a pichichos hambrientos me reconcilian con el mundo. Las felicito, pues todos somos animales y quizá algún día necesitemos su  ayuda. 

El autor es escritor

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