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Una fecha combatida

Por Gustavo Rodríguez Ostria - 25/08/2013


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A principios de los años 70 del siglo XX, hubo un debate, por momentos áspero, en relación a la fecha exacta de fundación de Cochabamba; o mejor de la Villa de Oropesa. Estaban quienes afirmaban que fue el 15 de agosto de 1571, a cargo de Gerónimo de Osorio.

Otros daban este crédito a Sebastián Barba de Padilla, quien habría plantado el primer pendón español el 1 de enero de 1574. Al final venció esta última opción, de modo que el IV Centenario de la ciudad se celebró con toda pompa y pocas obras en 1974.

Quién sabe porqué, luego se retrucó y se afirmó a 1571 como celebérrima fecha fundacional, de modo que ahora se la conmemora con bandas, cohetes y discursos oficiales. Este año, la celebración tuvo un ingrediente especial pues la concejal María Isabel Caero y el propio presidente Evo Morales, se negaron a rendir homenaje a Osorio, dejando a la Alcaldía y la Gobernación en “off side”, en jugada propia de fútbol. El primer mandatario se interrogó, con razón, si 1571 fue fundación o invasión. En verdad fue lo último; o mejor fue una fundación, precedida de una correría armada y una ocupación de territorio. Los primeros hispanos que llegaron a este rico valle hacia 1560, se apoderaron por la artimaña y la fuerza de las mejores tierras indígenas, tomándolas sin otro derecho que su propia voluntad mesiánica de cruz y espada.

Todo historiador sabe que se puede investigar el pasado, cotejando documentos, pero de ninguna manera modificarlo. Otra cosa es el valor que otorgamos al pasado en la construcción de un sentido común, una identidad y una memoria colectiva. Éste es un acto “de facto”, que puede basarse en la historia pero que no es la historia.  Se trata, en este camino de poder, de establecer o imaginar artefactos de naturaleza simbólica o ritual, destinados a infundir normas de comportamiento mediante una continuidad con el pasado. Las fiestas cívicas y conmemoraciones son las que mejor se prestan a este propósito pues con su guirnalda de héroes (y algunas pocas heroínas), fijan un principio de orden cronológico y un punto de origen; es decir, establecen desde dónde se puede narrar, quién puede narrar y qué se puede narrar.

Al señalar que en 1571 o 1574, poco importa, se fundó Cochabamba, admitimos que es desde allí, en ese acto colonial y español, que existimos como moradores de una comunidad urbana y que sepultaremos todo otro registro humano. Robert Duncan ha llamado a ello un “pasado histórico deseable”. ¿Qué ocurre cuando protagonistas olvidados e indígenas demandan  estar presentes en una memoria construida desde las elites? El pasado no habla por sí mismo, sino que se lo hace hablar. Tampoco tiene reconocimiento “per se”, pues éste se otorga desde un presente cambiante. Si el contexto se modifica, no cambiará el pasado, sino el valor en la huella mnémica que se le otorgue. En otros términos, lo que está en disputa, en una realidad que muta, no es sólo qué ocurrió el 15 de agosto de 1571, sino y en propiedad, qué significado se le confiere ahora en la construcción de una región con diversidad.

El autor es historiador

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