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Doble aguinaldo: una medida mal calculada

Por Rodrigo Gazauhi Espinoza - 23/11/2013


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La noticia del Decreto Supremo de Doble Aguinaldo llegó como balde de agua fría para unos y como una bendición para otros.

Sin embargo, más allá de la emoción del momento, se requiere pensar muy bien si fue o no una buena medida de política pública. Lógicamente nadie discute las necesidades económicas por las que atravesamos casi todos los ciudadanos y ciudadanas de este país pero, más allá del inmediatismo, los decisores políticos debieron tomar en cuenta los efectos positivos y negativos de una medida de este tipo.

Por ello, ciertamente no sé si oponerme o no al decreto de doble aguinaldo. Lo que sí se es que fue una medida no muy bien pensada. Primero, porque la Ley General del Trabajo habla solamente de un aguinaldo y no dos, y un decreto no puede ir en contra de una ley; segundo, porque es obvio que todo el mundo quiere recibir más dinero y por tanto esto pareciera una medida para tener popularidad política y no una medida de solución estructural; tercero, porque si fuese empresario privado (que no lo soy) no sé de dónde sacaría un aguinaldo para todos mis empleados a pocos días de diciembre; cuarto, porque si tengo que sacar dinero de donde sea y se supone que el 10 por ciento del costo del producto va destinado al pago de sueldos y salarios, pues simplemente lo que hago es subir el precio de mi producto para que en última instancia sea el mismo cliente quien llegue a pagar el beneficio social; quinto, porque ese incremento en los precios producirá inflación; sexto, porque precisamente el sector informal es el que no paga impuestos en este país, no respeta los derechos sociales de quienes contrata (incluido un doble aguinaldo) pero será el que más aproveche la inyección de circulante subiendo sus precios al cielo, además está claro que no tiene una competencia leal con el sector formal; séptimo, porque ese incremento en los precios posiblemente podrán pagarlo quienes tendrán ese beneficio pero no lo haremos quienes no somos ricos, ni servidores públicos o empleados asalariados, sino que quienes somos profesionales o independientes sin aguinaldo (s) estamos destinados a vernos mayormente afectados, generando de este modo una mayor brecha entre pobres y ricos; octavo, porque no es una medida que beneficie a todos por igual, sino que beneficia al sector público y apenas al 10 por ciento de los empleados que efectivamente gozan de beneficios sociales; noveno porque si bien todos vivimos una crisis y nos falta el dinero, no sé si será justo premiar con un doble aguinaldo a la calidad de servidores públicos que tenemos, lógicamente hay buenos como malos, pero para la óptica ciudadana no creo que sea una muy buena señal; y décimo porque si al país le va tan bien macroeconómicamente: ¿por qué aplicar medidas excluyentes y no soluciones o alternativas estructurales que permitan mejorar las condiciones de la microeconomía, la generación de empleo y la lucha contra la pobreza en el país?

Finalmente, debo alegrarme por quienes se benefician, pero también debo confesar un temor. Lamentablemente en este país siempre recibimos una de cal y una de arena, esperemos que esta medida – buena para algunos y mala para otros– no venga de la mano con otra medida que sea realmente mala o afecte a una gran porción de la población y nos haga pensar que este decreto es de los males el menor.

El autor es economista


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