Ed. Impresa EDITORIAL
QUILLACOLLO Y LA MEZQUINDAD POLÍTICA
Por Redacción Central | - Los Tiempos - 4/02/2012
Quienes con tanto empeño se aferran a la Alcaldía deben recordar que fueron muchos los que los antecedieron en el camino de salida
El acto de posesión del nuevo Alcalde de Quillacollo, quien fuera elegido para ese cargo por voluntad mayoritaria de los vecinos de esa ciudad, se ha constituido por todos los actos y gestos que lo rodearon, en toda síntesis de lo más mezquino y deplorable de cuanto ocurre en el de por sí conflictivo escenario político de nuestro país.
Como se sabe, después de haber agotado todos los recursos que tuvo a su alcance con el propósito de usurpar la Alcaldía de Quillacollo defenestrando a quien fue elegido a través de las urnas por la ciudadanía quillacolleña, y al no haber podido imponer sus arbitrarias intenciones, el Movimiento Al Socialismo se vio obligado a someterse a un nuevo acto electoral y, una vez más, su candidato fue derrotado.
Ante tal situación, y al no poder hacer ya nada para perseverar en su afán de desconocer la voluntad popular —como sí pudieron en otros municipios y gobernaciones del país— y al verse obligados a reconocer el mandato de los votos y las leyes, los derrotados dedicaron durante los últimos dos meses todos sus esfuerzos a entorpecer el proceso de transición y a crear todas las dificultades imaginables al Alcalde electo con el evidente propósito de causar el mayor daño posible a la gestión que deberá encabezar.
Como si el daño hecho no fuera ya suficiente, aprovecharon hasta el último minuto de su tiempo para introducir obstáculos de cualquier naturaleza. Desde pequeñeces como fijar el acto de posesión a muy tempranas horas de la madrugada, pasando por la grosería de impedir que el nuevo Alcalde dé un discurso de posesión, hasta hacer desaparecer llaves de las oficinas principales, no escatimaron esfuerzos para mostrar a qué bochornosos extremos puede llegar la mezquindad del sectarismo. Y si así actuaron en los espacios más expuestos del escenario político, sabiendo que estaban siendo observados por la opinión pública, no es difícil imaginar la cantidad y calidad de ruindades con que habrán sembrado las partes menos visibles del camino que le toca recorrer a la nueva autoridad.
Con esa clase de actitudes, se ha puesto en evidencia una vez más el desprecio por las más elementales normas de convivencia democrática con que actúan muchos de los dirigentes políticos de nuestro departamento y nuestro país. Y es ese aspecto del problema el que más debe llamar la atención y preocupar, pues confirma que es todavía mucho lo que en nuestra sociedad tenemos que avanzar antes de alcanzar las condiciones básicas para el buen funcionamiento de nuestras instituciones.
Con algo de condescendencia, podría suponerse que esas actitudes, injustificables desde el punto de vista de la urbanidad, son por lo menos comprensibles con la lógica del más frío pragmatismo político. Pero la experiencia, sobre todo la de Quillacollo, ha demostrado que eso no es así. Quienes ahora deben dejar la Alcaldía en manos de su sucesor harían bien al recordar que no son los primeros —aunque es de esperar que sean los últimos— en verse obligados a retirarse en similares circunstancias. Antes que ellos, fueron muchos los personajes y partidos políticos que por actitudes similares recibieron el repudio de su pueblo.
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