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A NUEVE AÑOS DE UN HITO HISTÓRICO
Por Redacción Central | - Los Tiempos - 17/10/2012
La recordación de los hechos de 2003 adquiere sentido en la medida en que sea parte de un esfuerzo de comprensión de nuestra historia contemporánea
Hay acontecimientos en la vida de los pueblos que, por las profundas consecuencias que dejan, marcan hitos históricos. Un antes y un después. Cierran un capítulo y abren otro. Es el caso de lo que ocurrió hace nueve años, en octubre de 2003, cuando la presión popular obligó a Gonzalo Sánchez de Lozada a renunciar a la Presidencia de la República y salir del país.
Lo que hace importante esa dramática escena es que no era sólo un Presidente Constitucional de la República el que se iba.
Con él se iba todo un período de nuestra historia. Se clausuraban 21 años de un ciclo democrático que se agotó, dejando el terreno expedito para que se inaugure otra era, la que hoy vivimos.
Todo lo que ocurrió después del 17 de octubre de 2003 hasta que Evo Morales asumió el poder en enero de 2006, fue sólo un paréntesis; un periodo de transición cuya trascendencia —además de la preservación del sistema democrático— corresponde a una bisagra.
Nueve años, que son los que nos separan de los acontecimientos que comentamos, son muy pocos para ser vistos con la perspectiva de largo alcance que es la que corresponde para interpretar, juzgar y aquilatar en su verdadera dimensión los fenómenos políticos que no son sólo coyunturales sino estructurales. Tendrán que ser por eso los historiadores del futuro los que, libres de las pasiones que suelen obnubilar la mirada de quienes de una u otra manera fueron testigos o protagonistas de los hechos, den a cuanto ocurrió en octubre de 2003 su justa valoración.
Mientras tanto, sólo cabe recordar que fue la conjunción de dos factores la que hizo posible la debacle de un sistema de partidos políticos y su sustitución por un régimen virtualmente monopartidista. La ceguera y soberbia de una élite política que no supo ponerse a la altura de los desafíos de su tiempo fue uno de ellos. La tesonera construcción de un proyecto político alternativo que no se conformaba con sacar rédito de la coyuntura sino que tenía la mirada puesta en el largo plazo, fue el otro.
La desaparición del escenario político actual de los partidos que tuvieron en sus manos la conducción de nuestro país durante más de 20 años, es la más categórica prueba de lo profundo que fue el proceso de transformaciones que se inauguró. La consolidación del MAS, cuyo proyecto político aspira a proyectarse hacia las próximas décadas, es la otra manera como se manifiesta el fenómeno.
Ambos hechos son suficientes para poner en evidencia la magnitud del error en que incurren quienes se empeñan en minimizarlos y perseveran en el afán de aferrarse a la ilusión de que cuanto ocurre desde hace seis años es sólo un accidente en el camino. Se engañan y se condenan a sí mismos, y con ellos a esa parte de la sociedad que todavía cree en sus palabras y en sus actos, a nuevas y más grandes frustraciones.
Así pues, la recordación de los hechos de octubre de 2003 adquiere sentido en la medida en que no se limite a alimentar la vocación victimista de unos y triunfalista de otros, sino que sea parte de un esfuerzo de comprensión de la historia contemporánea de nuestro país, de sus antecedentes en el reciente pasado, y sus proyecciones hacia el porvenir.
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