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Oruro en el desencuentro

Por Redacción Central | - Los Tiempos - 24/03/2013


NUESTRA PALABRA

Ojalá que esta experiencia sea bien asimilada por el oficialismo y se comprenda y acepte que nuestro  país no se ha fundado en enero de 2006

La racionalidad se ha impuesto y después de 40 días de forzados e inútiles enfrentamientos las actividades en Oruro han vuelto a la normalidad. Sin embargo, se han abierto profundas heridas que sólo podrán ser restañadas a través de una buena comprensión del conflicto, una visión integral del país y la convicción de que sólo buscando objetivos comunes podremos garantizar una pacífica y solidaria convivencia.

Resulta difícil comprender que la decisión adulona de cambiar el nombre del aeropuerto de Oruro por el del Presidente del Estado haya dado paso a que las autoridades del oficialismo –tanto regionales como nacionales–hagan de aquélla una cuestión de fondo del proceso que llevan adelante. Perdiendo todo sentido de pertinencia, no sólo que intentaron imponer ese cambio, sino que al observar el rechazo contundente de la población orureña a ello, trataron de ir por los fueros de un discurso amenazante que pone en duda, en definitiva, la sinceridad de la retórica del cambio que propugnan y han puesto en riesgo la propia imagen del Primer Mandatario, en un departamento que le dio en sucesivas pruebas electorales contundentes apoyos.

Y al mismo tiempo que la obcecación de los cortesanos en mantener el cambio del nombre proseguía, estos decidieron impulsar una campaña paralela de desprestigio del personaje que dio el nombre original al aeropuerto de esa capital, no sólo vulnerando, de esa manera, las normas legales vigentes, sino tratando de dar al acto insulso de la propuesta de cambio de nominación una trascendencia ideológica que, obviamente, no ha resistido el mínimo embate, salvo en mentalidades proclives a justificar cualquier demasía en función a sus propias creencias. Más bien, cual efecto bumerán, provocó aún mayor rechazo de la población a ese injustificado cambio, así como, además, el surgimiento de una respuesta satírica ante las nuevas propuestas de solución que los oficialistas hacían a la población orureña para calmarla, pues fueron tan penosas como la iniciativa original (como aquella que el aeropuerto tenga los dos nombres).

En todo caso, ojalá que esta experiencia sea bien asimilada por el oficialismo y en ese ámbito se comprenda y acepte, de una buena vez, que el país no se ha fundado en enero de 2006; que tenemos una respetable historia común que si queremos avanzar debemos conocer y reconocer, y que si no se va por ese camino, se repetirán hechos tan lamentables como el que se comenta. Es decir, es de esperar, por un lado, que no se sigan repitiendo errores como el que se ha cometido en Oruro y, por el otro, que no se proceda a actuar desde el ámbito del poder en búsqueda de una  revancha en contra de un pueblo que sólo ha hecho respetar lo que considera que es legítimo.

En definitiva, la tragicomedia que se ha desarrollado sobre la decisión de un grupo de asambleístas departamentales del Movimiento Al Socialismo (MAS) de imponer el nombre del Presidente del Estado al aeropuerto internacional de Oruro, sin reparar en los costos políticos, culturales y humanos que un acto de adulonería de esta naturaleza provocaría, muestra una faceta más del desencuentro histórico que nos afecta a los bolivianos y de lo mucho que nos falta recorrer para construir, entre todos, un país común.


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