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Una farsa que se repite

Por Redacción Central | - Los Tiempos - 4/01/2013


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Entre los muchos disparates que han logrado incorporarse a la rutina de los bolivianos que resignadamente nos sometemos a ellos sin ya ni ensayar siquiera un gesto de rebeldía, hay uno que se destaca porque lleva lo absurdo hasta extremos increíbles. Es el caso de las “inspecciones vehiculares” que, como todo el mundo sabe, no son nada más que un ritual anual de recaudación masiva de fondos para dotar de “recursos propios” a la institución policial.

En teoría, el propósito de las tales inspecciones es verificar las condiciones en las que funcionan vehículos privados y de transporte público, con el fin de prevenir los accidentes de tránsito que cotidianamente cobran decenas de vidas y centenares de heridos en las calles y caminos de nuestro país.

En la práctica la realidad es completamente diferente. Las tales inspecciones no sirven absolutamente para nada, pues se reducen a una ojeada muy superficial al motor y a las herramientas auxiliares, nada que sea suficiente para detectar las fallas causantes de accidentes.

Además, como es fácil constatar pues se nota a simple vista, tener un vehículo en pésimo estado, sobre todo si es de transporte público, no es ningún obstáculo para obtener la roseta, pues ésta se puede adquirir a través de un muy activo mercado negro.

Es pues evidente que la verificación de las condiciones técnicas de los vehículos no es nada más que un pretexto muy útil para encubrir el verdadero propósito. Toda una farsa de la que, como en otros casos, se reproduce anualmente a costa de miles de ciudadanos que resignadamente se someten al penoso papel que les asigna guión, aunque no crean en él.

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