El helado artesanal de Miguelina, un legado de sabor y tradición

14/03/2019

Yvonne León

El silencio de la madrugada es interrumpido por el sonido de unas ollas enormes que contienen agua hirviendo con canela, clavo de olor y otros ingredientes secretos de la receta de la abuela de Miguelina Godoy de Zapata, una conocida heladera de Cliza. 

 

Doña Miguelina tiene 60 años y su jornada arranca a las 4:00, una rutina que adquirió desde niña. 

Cuando ella tenía 8 años, se reunía con otras heladeras en la plaza de Cliza para abordar una movilidad rumbo a Cercado, donde se encontraba una fábrica de hielos. 

Antes no había tantas movilidades e íbamos todos en uno", recuerda.

"Nos levantamos cuatro de la mañana. Yo, igual (ahora) me levanto cuatro de la mañana para recoger la leche.Igualito mi mamá preparaba las cosas y cinco de la mañana íbamos allá (a recoger hielos) y ocho ya estábamos aquí (en Cliza)", manifiesta.

La pequeña Miguelina se daba modos para que la ayuden a levantar los dos o tres bloques de agua congelada, con los que su mamá elaboraba los helados de canela y leche.

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Uno de los bloques de hielo que actualmente usa Miguelina para los helados.
Gerardo Bravo

"Cuando mi mamá iba a fiestas, teníamos que llevar a pie el hielo. Imagínate (eran) unos 6 a 7 kilómetros a pie, y en la espalda se llevaba", rememora.

En las mañanas, ella ayudaba a su familia, por las tardes asistía al colegio, y los fines de semana se dedicaba a colaborar todo el día.

Miguelina es la menor de 16 hijos, de los que quedan 6 hermanos. Solo ella sigue el legado.

"Yo sentía ese cariño a los helados cuando veía cómo mi mamá se sacrificaba para mantenernos", cuenta y recuerda que su papá ayudaba muy pocas veces en la venta.

Hace 30 años que Miguelina se dedica a la heladería, pero antes vendía api y leche; a veces le sobrara cinco litros de lácteo, así que decidió retomar el legado.Tiene su puesto en la terminal de buses. 

Cada madrugada, recoge 60 a 70 litros de leche de vacas de raza jersey y los días de fiesta el volumen aumenta a 250. Y en cuanto al hervido de canela, la cifra es similar.

"No me gusta agarrar (lácteo) por demás porque sobras no vendo", señala firmemente, "si sobra algo se lo doy a los chiquitos que me ayudan", manifiesta.

En la venta ayudan 12 personas, entre ellas algunos colegiales, que combinan sus estudios con la heladería. 

En la venta le ayudan 12 personas, entre ellas algunos colegiales que combinan sus estudios con la heladería. María Isabel es uno de ellos. Ayuda desde niña, salió bachiller y ahora tiene una hija que mantiene con lo que gana en el puesto.

En el Día del Niño, doña Miguelina regala helados a los escolares que hacen fila todo el día para recibir un vaso del preparado tradicional.

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Niños realizan una fila para recibir helados de doña Miguelina. | Cortesía de la entrevistada

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La nueva generación

Miguelina tiene 5 hijos y uno de ellos, Kevin Zapata de 21 años, estudia Administración de Empresas y hace tres años elaboró un proyecto de imagen para el puesto.

"Migui, mi helado" es la frase, junto a la imagen de una vaquita (por el helado de leche), que lucen, ahora en su mandiles, letreros y toldos de color rojo, haciendo alusión a la canela del helado. Cada detalle tiene un significado.

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En Cliza es tradicional acompañar con maní el helado de canela y leche. | Cortesía de la entrevistada

"Me siento feliz, lo hice por mantener viva la imagen de mi mamá", señala Kevin, que junto a su hermana Marcia ayudan en el negocio.

El sabor intenso del preparado de canela, los trocitos de frutilla que lo acompañan y la textura del helado de leche son elogiados por los visitantes.

"Cuando la gente me felicita, eso me llena, me da más fuerza, más valor por eso me levanto cuatro de la mañana", expresa con alegría Miguelina.

En el lugar suelen recibir a turistas que observan con curiosidad los botes de madera y los envases de calamina, que giran en medio del hielo cubierto de sal. 

Esos giros se repiten desde hace cien años, cuando la abuela de doña Miguelina batía el helado con el que mantenía a su familia. Su receta viajó en el tiempo.

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