Historias de infancia en un hogar de acogida: el miedo a ser "grande"

09/04/2018

Tengo 18, ¿ahora qué? En Bolivia el decimoctavo cumpleaños abre la puerta a nuevos derechos y responsabilidades. Muchos niños sueñan con “ser grandes”, contrariamente hay otros que no quieren crecer. Tienen miedo e incertidumbre.

Por diferentes circunstancias, muchos niños y niñas son apartados de sus familias o no cuentan con una (huérfanos), entonces viven y crecen en un hogar institucionalizado. Para ellos, la mayoría de edad les deja sin el techo con el que hasta entonces contaban y sin una red familiar que les apoye en la transición a la vida adulta.

En Bolivia, existen más de 8.000 niñas y niños que viven en hogares. La mayoría fueron separados de sus familias, producto de casos de feminicidios, abandono, maltrato o violencia física, de acuerdo a un informe del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

En Cochabamba, hay casi 3.000 niños alojados en casas de acogida, producto del maltrato dentro de su hogar, según el Servicio Departamental de Gestión Social (Sedeges).

A días de celebrarse el Día del Niño, este 12 de abril, Los Tiempos recogió algunas historias de infancia de personas que crecieron en estos hogares, que a pesar de sus necesidades y circunstancias, lograron hacerle frente a sus temores y desafiaron a su realidad adversa.

"Así nomás no puedo morir"

Eduardo (nombre ficticio) vivió en un hogar desde sus 5 años, cuando sus padres decidieron dejarlo allí. "Desde niño viví muchas necesidades, pero eso me impulsó a querer ser algo en la vida, siempre dije que así nomás no podía morir´", contó con la voz entrecortada.

En el hogar lo tenía todo, dijo, sin embargo sabía que cuando cumpliría los 18 debía salir y no tenía donde "caer muerto".  "Tenía claro que el estudio era la única forma de salir adelante", agregó con una sonrisa.

Eduardo siempre fue un buen alumno, sabía desde niño que el estudio era una herramienta para poder hacerle frente a la vida. "Nos agarraban duro en el hogar en lo que tenía que ver con el estudio. Era algo que se fomentaba", recordó.

A sus 16 años, desde el hogar gestionaron un encuentro con sus padres y hermanos con el fin de reforzar los lazos familiares, pero no resultó. "Habían muchos problemas económicos. No encajaba allí. No pude estar con mi familia y decidí independizarme", dijo.

Comenzó a trabajar, sin dejar de lado sus estudios. "Era para mí una herramienta para sobrevivir", expresó. Con ese fin, se contactó con un amigo que había conocido en la secundaria, quien, junto a su familia, le bridó un lugar donde quedarse.

"No pagaba alquiler. Me daban comida, me trataron como un hijo más, alguien más de la familia", recordó Eduardo.

"Siempre nos decían que teníamos que ser algo, que aunque no tengamos papás y los recursos, eso no era excusa"

Finalmente llegó el día, logró finalizar sus estudios de secundaria con el título de Técnico Medio en Electricidad, pero sentía que algo le faltaba. "Era una herramienta, pero no era mi pasión. No quería quedarme como técnico quería seguir una carrera universitaria. Me gustaba la comunicación", contó.

Con esa nueva meta, Eduardo comenzó a ver la manera de alcanzarla. En ese entonces, en Cochabamba, no había esa carrera en la universidad pública y por los recursos limitados, con los que contaba, no era una opción para él ingresar a un establecimiento privado. Sin embargo, no fue una limitante.

"Decidí viajar a La Paz a la Universidad de San Andrés. Me fui con mi guitarra. Llegué y me robaron todo. Tenía unos 17 bolivianos, no tenía nada. No sabía qué hacer. Sabía que allí había una Ciudad del Niño. Fui, caminé todo el día, preguntando llegué", expresó.

Desde ese día, ese lugar fue el nuevo techo de Eduardo, quien inició las gestiones para ingresar a la universidad y también a buscar trabajo. "Conseguí trabajo en un taller de electricidad, medio tiempo. Después estudiaba. Pero solo me alcanzaba para comer, me hacía falta para los libros y pasajes. Busqué un trabajo en las noches", dijo.

Al igual que Eduardo, hay miles de niños que trabajan para seguir estudiando o para ayudar a su familia. Se estima que en Cochabamba, más del 70 por ciento de los infantes no lo hacen por obligación, sino por necesidad, de acuerdo a una investigación de la Organización Iberoamericana de Seguridad Social (OISS).

"Tenía unas ganas enormes de salir adelante"

Esas épocas, el día de Eduardo tenía más de 24 horas. Entre el trabajo y sus estudios de preparatoria, poco importaba si comía o vestía bien. "Sabía que solo el estudio me sacaría adelante", agregó.

Todo parecía acomodarse, cuando de repente supo de una convocatoria a becas de estudios en la Universidad Católica Boliviana (UCA) en La Paz. "Conseguí la beca, se trataba de una beca completa de estudios. Pedí que me cambiaran a Cochabamba, me aceptaron y volví. Después de un tiempo comencé a trabajar en esa casa de estudios, ya contaba con más recursos. Seguí estudiando", contó Eduardo.

El día tan soñado llegó y a pesar de no ser como lo esperaba, sucedió. "El día que fue mi promoción me sentí feliz, era una meta que yo tenía en mi vida. Una aspiración que tenía, era sobre todo para cambiar mi historia y mi realidad", dijo el ahora licenciado en Comunicación.

"Estaba ahí, pero mi espíritu habitaba en otro lado"

Al igual que Eduardo, en otros hogares, había otros miles de niños como Roxana que luchaban con el miedo a crecer por todo lo incierto que ello representaba. "Nací en el hogar. No me gustaba sentirme distinta. Pero sabía que algo de mí era así", contó.

A diferencia de Eduardo, ella estuvo en el hogar desde que abrió los ojos al mundo. Su madre también vivía allí, pero en otro sector. "Ella era menor de edad y era muy conflictiva, desde la institución se buscó que no se pierdan los lazos, pero no se pudo", dijo.

El trato que los niños reciben en su infancia puede repercutir en su futuro, cuando tengan que enfrentar situaciones de estrés. Por ello, es importante que en sus primeros años de vida los rodee un ambiente físico y emocional propicio, dijo el director de la organización Infante Promoción Integral de la Mujer y la Infancia, Miguel Gonzales.

"En el colegio era donde más normal me sentía"

Roxana, desde los primeros años de estudio, era una alumna destacaba, sin buscarlo, debido a su desempeño e inteligencia. "Siempre busqué algo distinto, estaba ahí pero mi espíritu estaba en otro lado. Mi mundo era separado. Aspiraba a cosas más allá", recordó.

Una vez culminados los estudios de primaria, Roxana siguió la secundaria en un establecimiento fuera del hogar. "Era un colegio donde iban todos, ya no éramos solo las del hogar", contó.

A pesar de los cambios y las nuevas personas a las que conoció durante esa etapa de su vida, Roxana dijo que jamás olvidó ese sentimiento que la impulsaba todos los días: Ser diferente.

Roxana recordó esos años con nostalgia, pero también con alegría. Le brillaban los ojos al nombrar a sus profesores y sus logros.

"Siempre fui buena  alumna, era la preferida de los profesores. Ellos me trataban como a cualquiera, no tenían lástima de mí. Me hacían sentir que valía y podía. Me sentía súper porque creían en mí", contó.

Todavía recuerdo, expresó, lo que una vez dijo un profesor: "No recuerdo las notas, pero recuerdo que Roxana fue la única que tiene una nota de 100 sobre 100".

Esas palabras marcaron su vida y era un motivo más para seguir adelante. "Me subía la autoestima, yo sabía lo que podía. Sentía como una satisfacción, felicidad, era mi esfuerzo", remarcó.

En el hogar había mucho control a las tareas y rendimiento de las niñas en el colegio. "A los que no cumplían les mandaban a realizar tareas extras". Sin embargo, todo ello nunca fue excusa para Roxana, quien recordó esa etapa de su vida con bastante orgullo.

"Nunca me gustó justificarme cuando no hacía las tareas, muchas decían que en el hogar les hacían hacer otras cosas y por eso no cumplían para que los profesores les tengan lástima. Nunca hice eso. Nunca faltaba a clases", contó.

"Salí bachiller, sabía que tenía que salir del hogar"

 

El tiempo transcurría entre alegrías y tristezas. Mientras Roxana se acercaba a una de sus metas, que era concluir sus estudios secundarios, también llegaba la hora de salir del hogar.

En ese tiempo, recordó, antes que termine el colegio la institución intentó acercarme a ella (su madre). "La idea era hacerme externa, es decir pertenecer al hogar pero vivir en otro lago, pero no funcionó", contó.

Roxana, contra todo pronóstico y necesidades, siguió con sus estudios. Finalmente, los concluyó y salió bachiller. 

"Sabía que tenía que salir del hogar. Aunque no salías bachiller a los 17 o 18 tenías que salir. Estaba en una incertidumbre, no sabía qué iba hacer. Lo único que sabía era que quería estudiar, cómo, no sé, pero esa era mi meta", expresó.

La determinación de la salida de los adolescentes a los 18 años se da debido a la gran demanda de estos espacios. En Cochabamba hay casi 3.000 niños alojados en casas de acogida, que son derivados a estos hogares sustitutos después de haber sufrido maltrato dentro de su misma familia. Uno de los derechos más importantes de los niños es tener una vida digna. Pero existen casos en los que no se cumple. El  80 por ciento de los niños y niñas que viven en hogares de acogida tiene una madre o un padre, según un informe de Unicef.

"Tienes que ser realista, tienes que trabajar"

La etapa del colegio, a la que recordó con mucha satisfacción, era solo un paso a lo que Roxana apuntaba. "Quería tener una profesión, una carrera universitaria", contó.

Con esa nueva meta, inició los trámites para anotarse a la preparatoria en la universidad pública. "Tenía que hacer varias cosas, no sabía a quién pedir ayuda. Era un nuevo mundo", recordó. 

Al iniciar las clases, Roxana se encontró con los primeros desafíos. "Me di cuenta que tenía compañeras que ya estaban más avanzadas, me sentía como en desventaja, nunca antes me había pasado eso en la escuela", expresó.

Sin embargo, no todo fue color de rosas, dijo, ya que en el primer intento no logró aprobar el examen para ingresar a la universidad. "La noticia no cayó muy bien en el hogar, me dijeron que era muy difícil y que debía pensar en trabajar. Incluso un médico que nunca me hablaba me dijo `tú no puedes pensar en estudiar, tienes que ser realista, tienes que trabajar´", recordó.

"Otra de las encargadas del hogar me dijo con voz insistente: `Usted tiene que trabajar no está para la universidad´. Todo eso lo único que despertó en mí es llenarme de más valor para volver a intentar", contó. 

"Una rosa en medio de tanta espina"

No tenía dónde ir, contó, y en el hogar estaban esperando que consiga trabajo para que me vaya. "En ese momento apareció ella (su madre). Me dijo que iba poder estudiar", contó.

La convivencia con su madre duró solo un mes.  "Quería que trabaje, no sé por qué le creí, no podía volver al hogar y además ya tenía 18", recordó.

Sin saber a dónde ir, Roxana buscó ayuda e ingresó a otro hogar. "Era un espacio a donde llegaban jóvenes y adolescentes que trabajaban. Era más de rehabilitación de menores con alguna adicción. No me importaba, contar de estudiar", dijo.

Un día, recordó, una de las que trabajaba ahí me dijo: "Pareces una rosa en medio de tanta espina".
Finalmente, todo el esfuerzo dio frutos. Roxana logró ingresar a la universidad. Un nuevo mundo comenzó para ella. "Fue un cambio brusco", dijo.

Los días se hacían interminables para ella. "Era la única que trabajaba y estudiaba. Iba al límite había veces que solo me presentaba a exámenes. No era como antes que solo estudiaba, ahora combinaba mi tiempo", contó.

A pesar de todas las necesidades, Roxana todos los días se hacía más fuerte. "Todos los días me decían que tenía que trabajar. Nada me hacía desistir", dijo la ahora profesional.

Roxana, ahora una mujer adulta, recordó esas épocas de su vida con "una mezcla de emociones encontradas" y pese a que logró sus metas, no le desea a nadie que pase por lo que pasó.

"No tenía derecho  equivocarme, no había espacio para el error. Muchos de mis compañeros del hogar no lo lograron. Tiempo después me encontré con algunos, a los cuales no les fue como a mí o no tuvieron la misma suerte o fuerza", recordó con tristeza.

La Ley 548 Código Niño, Niña Adolescente (NNA), que se emitió en 2014, busca garantizar los derechos y los deberes de los niños y adolescentes. Sin embargo, ello no se cumple. Se estima que nueve de cada diez niños son víctimas de agresiones en alguna etapa de su vida, según un informe de Visión Mundial.

De acuerdo a la Defensoría de la Niñez de Cercado, hasta la fecha, se atendió alrededor de 5.000 denuncias de vulneración de derechos de niños y niñas. En la actualidad, en el mundo, se estima que al menos 152 millones de menores se ven obligados a trabajar por necesidad, según un análisis realizado por Unicef.

Eduardo

"El esfuerzo, el sacrificio, la constancia dice bastante de mi personalidad e hizo que cumpla mis objetivos".

Roxana

"Me fue bien, tuve suerte. Alguien me dijo `te va bien y conoces buenas personas porque tu atraes eso´. Pienso que por eso me rodearon gente muy buena".

Por: Giuliana Jaldín

Vídeo: Gerardo Bravo