Las otras historias de la calle que se cuentan solas

18/06/2018

Fabiola Chambi

Los más afortunados cuentan con cartones, frazadas, bolsas de yute, cobijas, colchones y compañía; pero hay quienes solo tienen la cubierta de sus propios brazos sobre el cuerpo. El frío no perdona.

Cuando el manto de la noche cae en la ciudad los pasos acelerados de la gente, las bocinas, los sonidos de los celulares y las voces precipitadas crean una extraña armonía a la que parece estamos ya acostumbrados: el bullicio grita prisa.

Pero poco a poco la quietud y el silencio se adueñan de los espacios. Y otra vida se empieza a respirar en Cochabamba, ahora con temperaturas de hasta cuatro grados centígrados.

Entre las ocho y nueve de la noche, en las plazas, puertas de los templos, dentro de las cabinas de cajeros, en las casetas o en cualquier lugar, varias personas se instalan para el descanso de la jornada.

Como una alfombra humana, esta noche unas 13 personas duermen en el frontis de la Gobernación y el Concejo Municipal frente a la plaza principal. La mayoría se conoce y otros solo llegan porque sienten que tienen un espacio en común para compartir. Una complicidad implícita de cuidarse, de estar.

El consumo de alcohol o algún tipo de droga provoca un profundo sueño. Dormir, ese placer con derecho al olvido de solo unas horas.

En otro lugar de la ciudad, en la puerta del templo del Hospicio, Miriam Saldaña (40) pasa las noches en este lugar, desde hace dos años. Tiene lo necesario para resistir las bajas temperaturas, pero reconoce que siempre le hace falta un poco de café.

En el día su actividad es la recolección de papeles en los basureros y lo poco que junta lo entrega para ayudar en la crianza de su pequeña hija que está a cargo de sus primos.

“Yo soy de Poopó, en Oruro, se han muerto mis abuelitos, por eso me he venido aquí. Tengo mi hijita, me la están criando, yo voy a dejar plata para que coma”, relata con la mirada perdida.

Junto a ella, está su cuñado que trabaja en el día vendiendo chocolates en los micros. Él no habla, prefiere callar y seguir durmiendo para ignorar el frío.

Al frente, una historia particular. Juan (nombre ficticio), dice que solo está en la calle porque quiere hacer un experimento para conocer cómo viven “estas personas”.

Asegura que tiene una “hija americana y un hijo boliviano”, también su casa, “una residencial”, donde almuerza y está con su familia, aunque sus furtivos escapes son secretos.

Responde con claridad, no tiene signos de tener alguna enfermedad o de que haya bebido, su historia está bien hilvanada, pero deja dudas de que sea certera.

“La vida cambia, en mi casa cambiaron mucho las cosas, la gente le tiene amor al dinero y eso hace cosas malas, quise alejarme de todo”, afirma este hombre de 84 años.

Para muchas personas en situación de calle, los albergues no son una alternativa porque no se sienten cómodos, tuvieron experiencias desagradables o simplemente prefieren el cielo como techo. 

En la noche los nombres no importan, los rostros tampoco, ser un poco anónimo es parte de esa otra vida que se mueve.

 

La venta, esa rutina

El comercio informal abunda en las calles de Cochabamba, una consecuencia de la falta de estabilidad laboral, los excesivos requisitos para emprendimientos de negocios, omisión de normativas o simplemente la permisibilidad de las autoridades.

Por eso es común ver a las caseritas en varios puntos de la ciudad con diferentes ofertas, sobre todo gastronómicas. La noche se presta más para esta venta "exprés".

"Estoy aquí desde el 77", dice tímida Rosario Gómez, que cada noche, en la esquina de las avenidas San Martín y Aroma, instala su puesto de venta de sándwiches desde las 6 de la tarde hasta el día siguiente, cuando sale el sol. 

 

“Vivimos lejos, no podemos irnos aunque terminemos la venta. Yo vivo en el kilómetro 10 a Quillacollo, entrando a El Paso, el taxi me sale caro. Por eso me quedo a esperar el trufi”, relata.

Junto a sus dos compañeras de jornada, Rosario, se ha acostumbrado a trabajar cuando casi todos duermen y al día siguiente, seguir trabajando en su hogar. Cocinar, atender las labores domésticas y prepararse para volver, es la rutina. Descansa un poco cuando le da tiempo.  

En medio de una “montaña” de papa
"Nunca me he hecho robar, estoy protegida de Dios", añade mientras se pierde en los inmensos bultos de papa que parecen una fortaleza.

Aquí no hay silencio. Se escuchan las carretillas a toda prisa, una voz fuerte que grita "café" y las carcajadas de las caseras por doquier. Llegan los camiones a descargar toneladas de verduras en el lugar conocido como "mercado triangular", en las avenidas 16 de Julio y Aroma.

Felicidad Camacho (65) tiene esta actividad desde hace 27 años. La venta le ha servido para mantener a sus tres hijos que estudian en la universidad.

Reconoce que la venta no es tan buena como antes, pero le da para sobrevivir. El frío dificulta su trabajo porque demanda más sacrificio estar las 10 horas de su jornada.

"Estoy con tres chompas y dos mantillas, así salgo en la madrugada. Ya estoy acostumbrada al frío, tomo manzanilla y a veces café. Aquí con las amiga comadreamos, así pasa rápido la hora y el frío se soporta", dice con una sonrisa en el rostro.

 

Las y los “mañaneros”

La época de frío afecta a muchos pero no a las "mañaneras", las comerciantes que salen de madrugada para vender ropa al por mayor en el sector de "La Cancha". En esta época las ofertas de invierno son muy requeridas y hay una variedad en precios que los minoristas aprovechan.

Lo ideal es comprar por docenas, ahí es donde realmente se dan las ganancias.

Arnulfo Cáceres (65) es un "mañanero", tiene su espacio ganado en una actividad comercial que está casi en su totalidad ocupada por mujeres. Él se siente orgulloso de presentar sus productos. "Vendemos chompas para invierno, chamarras, chulitos que nos llegan de La Paz. Vendemos al precio de mayor, es económico todo", dice con la convicción de que tendrá una buena venta.

Se instalan desde las cuatro hasta las ocho de la mañana, hora en la que se retiran para evadir los controles de la Intendencia. 

Cuando pasa el frío su mercadería cambia a jeans y ropa más liviana. No se pierden las oportunidades si se tiene la destreza de ser buen comerciante.

Arnulfo asegura que "esta es otra vida". Lleva en el lugar unos 17 años y se levanta cada día a las tres de la mañana. Ya se ha acostumbrado.

"Tengo cinco hijos y yo no quisiera que se dediquen a esto. La gente del área rural, no hay otro que realizarse en el comercio, transporte o vender comida. Yo he pensado que mis hijos sean profesionales. He logrado eso, ya todos son mayores. Yo nomás sigo batallando aquí a pesar de que tengo los años avanzaditos", cuenta con evidente nostalgia.

Historias de la calle que se cuentan solas

La noche se vuelve pesada, transcurren las horas y el frío recrudece. Solo unas historias recogidas muestran la otra vida que pasa, cuando la mayoría se pierde en un placentero sueño bajo un techo protector. 

Se asomará el sol y con él, el motor que empuja cada día, las facetas conocidas de la gente en la rutina.

Mientras en silencio, los otros se levantarán de los cartones y guardarán las cobijas; harán las cuentas de lo ganado y esperarán el trufi de la ruta a casa; apurarán el paso haciendo las últimas ofertas... se alejarán. Y cuando la noche ahonde volverán a empezar.

 

 

Créditos redacción: 

Redacción: 
Fabiola Chambi

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Fotografías: 
Daniel James

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Vídeo: 
Gerardo Bravo