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NO QUEDA OTRO CAMINO QUE ADORARLAS

Por Ojo de Vidrio - Los Tiempos - 16/02/2012


NO QUEDA OTRO CAMINO QUE ADORARLAS -   Archivo Los Tiempos

NO QUEDA OTRO CAMINO QUE ADORARLAS - Archivo Los Tiempos

El compadrazgo tiende un triángulo amoroso, es decir, un problema delicioso, un cosquilleo en el cuerpo y en el alma, una especie de makjurka espiritual provocada por la presencia de la comadre. La prohibición de pensar en ella en otros términos que no sean los del puro parentesco espiritual la convierte en fruto prohibido, en fruto del huerto ajeno, y entonces fascina, es decir, seduce y rechaza en un juego que un sibarita prolonga y prolonga, un juego que se puede malograr por impaciencia, un juego en el cual a veces se nos va toda una vida.

Los hombres solemos referirnos al tema con sentido del humor, siempre que no seamos cónyuges de la comadre, aunque sí compadres de ella. Están, por ejemplo, los khencha compadres, aquéllos que han saltado la barrera espiritual y “han faltado a su comadre”, un pecado que basta para siete años de khencherío, es decir, de mala suerte.

Están los K’ita compadres, los que bautizan al hijo habido en el cercado ajeno, hijo natural o k’ita wawa, como lo conocíamos antes. Son compadres de ocultitas, que automáticamente se vuelven parientes espirituales de la comadre y tienen ventaja para avanzarse. Están los k’asi compadres, los que no hacen gasto alguno y tantos otros.

Uno se divierte entre compadres, jugando siempre al respeto mutuo y a la transgresión, pero ¡cuánto más divertida es la fiesta cuando es compartida con las comadres! Tanto mejor si no son casadas, si mantienen una relación extramatrimonial con los compadres, siempre dispuesta al pecadillo oculto, al beso robado, al manoseo clandestino, a la relación secreta y carnal... con el compadre. Si enviudan, ¿quién las va a consolar? Si rompen una relación, ¿quién ha de enjugar sus lágrimas?

LA RELACIÓN ENTRE COMADRES es tanto más estrecha cuanto mayor su extracción popular. Cierta vez fui espectador de una escena muy divertida: ella era una chicharronera famosa, que sostenía un edificio culinario con esa noble parte de la anatomía donde la espalda pierde su precioso nombre; la comadre era ligeramente más joven, pero daba a la primera un trato reverente que al final se deslizó a la confidencia: el compadre me chequea, comadre, se me insinúa, me provoca, me ofrece el oro y el moro, me hace proposiciones deshonestas.

Las dos comadres compartían la confidencia junto al perol, mientras el atribulado compadre servía a las mesas llevando con destreza hasta siete u ocho platos en manos y brazos, un verdadero prodigio. En eso, el compadre quiso abrirse paso entre las dos comadres (Permiso, comadrita, ¿me deja pasar?) cuando la joven comadre se aferró a las partes pudendas del señor y no le soltaba por nada del mundo mientras le decía: Ahora dime pues lo que me insinuabas, aquí, delante de mi comadre, dime pues qué cosa quieres conmigo.

El compadre temía hacer caer los platos y se debatía heroicamente mientras decía: Dejá, pues, comadre, te digo que me sueltes. Entretanto, la chicharronera festejaba la escena a carcajadas, curada de todo rencor contra la joven comadre, desdeñosa de su marido, que había querido delinquir como estaba previsto, todo esto mientras servía una tutuma de chicha, que ambas mujeres tomarían en armonía.

Bello ejemplo de solidaridad femenina; bella reducción del compadre a las dimensiones de un crío caprichoso a quien habrá que dar huasca para que se comporte como un niñito.

Cuando me dicen que los cochabambinos somos envidiosos, suelo recordar con dulzura que más bien somos solidarios, y como ejemplo recuerdo la relación cálida y leal que tienen las comadres, a pesar de la infidelidad de los compadres.

Son tribulaciones que tenemos que pasar nosotros, los camotes con suerte, camotes vitalicios de nuestras comadres. Comadres, ay comadres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas.

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