Lisandro Otero | Prensa Latina
La obra de Donaciano Alfonso Francisco de Sade constituye una incursión en la perversidad, pero es también una forma de emancipación y rescate de sumisiones. Para algunos este monstruo de impudicia y libertinaje colmó todos los excesos imaginables en que puede incurrir un ser humano en su ejercicio sexual.
Sin embargo, algunos pensadores como el católico Pierre Klosowski, creen que Sade fue un espíritu verdaderamente religioso porque usó el mal como si fuera un muro que es necesario horadar para llegar a obtener la luz.
El marqués de Sade se adentró en una existencia licenciosa durante la cual usó todas las depravaciones en busca del placer, conoció las indignidades y el deshonor, sufrió prisiones y vio su obra censurada, padeció la reprobación de sus contemporáneos y sus páginas fueron mutiladas.
Al final de su vida, muchos de sus textos fueron destruidos totalmente y hasta sus propios restos físicos fueron pulverizados y diseminados sin dejar huella. Parecía estar poseído de una voluntad de autodestrucción y no dio mucha importancia a su propia obra literaria que, a ratos, parece el lenitivo de un espíritu atormentado por sus demonios. Su propio estilo, seco, austero, descriptivo, sin aderezos del lenguaje, no revelaba a un escritor con ambiciones de gloria.
Sade surgía de una época en que el poder absoluto de la aristocracia y el clero habían alcanzado una autoridad insolente sobre la sociedad que gemía bajo ese molde estrecho. Era necesario romper el influjo de las minorías y dar vía de salida a los nuevos impulsos democráticos que el pueblo reclamaba.
La ruptura física de las instituciones, la fractura social que
estaba por manifestarse, venía precedida por esta violación de convenciones, por este atropello del cuerpo humano que Sade ponderaba.
Es sabido que el acto sexual es esencialmente un ejercicio de posesión, un acaecimiento donde el ímpetu y el ardor determinan el control de una individualidad. Para Sade los abusos que practicaba eran una respuesta al despotismo reinante, una refutación a la arbitraria autocracia que oprimía a la Francia del siglo XVIII.
Descendiente de la muy encumbrada casa de los Condé, por su origen nobiliario estaba destinado a una carrera militar que asumió por un lapso, hasta que un ventajoso enlace matrimonial con una familia burguesa de la judicatura le condujo a asumir una doble existencia. Amante de la conocida actriz La Beauvoisin, montó una casa de citas en Arcueil adonde conducía prostitutas a las que sometía a extrañas prácticas sexuales en las que intervenían el dolor, las excreciones humanas, el bestialismo, la sodomía, la pedofilia y el tribadismo.
Una de sus víctimas, Rose Keller, lo denunció, dando lugar a un proceso legal que lo arrastró a la prisión de Vincennes. Al salir, se refugió en su castillo de La Coste donde su sirviente Latour le procuraba las rameras que usaba en sus experiencias, también secuestraba adolescentes y usaba sofisticados afrodisíacos. Fue condenado en reiteradas ocasiones a la prisión de Vincennes, huyó a Cerdeña y a su regreso terminó cautivo en La Bastilla, donde escribió sobre un rollo de papel de doce metros de largo su obra capital “Los 120 días de Sodoma”.