La nostalgia por las edades de oro, por los paraísos perdidos, ha sido una constante de todos los tiempos; en nuestra época un persistente mito retrospectivo es el de los legendarios años 60, cuyo punto culminante fue mayo de 1968, embellecido a medida que el paso del tiempo oscurece la realidad de los hechos. La transformación de las costumbres, lo que Eric Hobsbawm llamara “revolución cultural”, estaba en el aire del tiempo a mediados del siglo pasado, y se hubiera dado lo mismo aunque los sucesos del Mayo Francés nunca hubieran ocurrido. Se trató de una revolución que se estaba haciendo sin que nadie la hiciera.
Los jóvenes rebeldes del ’68 no instituyeron nada por sí mismos: sólo contribuyeron y aceleraron cambios irresistibles; reivindicaban lo que estaba en curso desde la década anterior; el movimiento juvenil había comenzado anteriormente en los Estados Unidos con los beat y los hippies.
La rebelión juvenil no era la causa sino una expresión. El eje no estaba en los movimientos políticos sino en las transformaciones científicas y técnicas, sobre todo en la informática y la comunicación. Estas impulsaron nuevas formas económicas –posindustriales y globales– del capitalismo avanzado que indujeron, a la vez, a la modernización de la sociedad, a la sustitución parcial de los aspectos tradicionalistas, autoritarios, represivos, paternalistas y moralistas por nuevos estilos de vida y de relaciones sociales más libres y democráticas: la liberación sexual, el surgimiento de nuevos núcleos familiares, la igualdad entre varones y mujeres, la inclusión de las minorías raciales y sexuales, la desaparición de muchos prejuicios y tabúes. En la nueva etapa del capitalismo tardío volvían a revolucionarse todas las cosas, una vez más “todo lo sólido se desvanecía en el aire, todo lo sagrado era profanado”.
El movimiento juvenil de los 60 trascendió el mero conflicto generacional. Por primera vez los jóvenes se adjudicaban el papel protagónico de los cambios. Para comprender la drástica separación entre jóvenes y adultos, padres e hijos, profesores y alumnos, debe partirse de la vertiginosa aceleración de la historia debido a las transformaciones que tornaban al mundo de los años 60 muy distinto al que conociera la generación anterior; la “experiencia” adquirida por la edad perdía prestigio.
Sin embargo, los cambios fueron también percibidos por los adultos, en especial por la clase media de profesionales y técnicos: profesores, periodistas, gente de los medios, investigadores que apoyaron en un primer momento la rebelión estudiantil, porque ellos también estaban interesados en una mayor participación en la gestión de sus respectivas ocupaciones. Esa era la clase media francesa progresista que se había hecho un “programa” para después de la cena, asistir a los debates del Teatro Odeón ocupado por los estudiantes. Cuando comenzaron los actos de violencia y La Sorbona se lumpenizó, la clase media quitó su apoyo. Cada auto quemado significó miles de votos para la derecha, y así en las elecciones legislativas de junio triunfó el gaullismo.
Los objetivos de la rebelión juvenil del ’68 fueron ambiguos y aun contradictorios. Eran una expresión de la sociedad de la abundancia, en el contexto de prosperidad económica de los llamados “treinta gloriosos años” (1945-1975) durante la vigencia del llamado Estado de bienestar en el primer mundo. Sin embargo los jóvenes se rebelaban contra esa bonanza, denunciando la sociedad de consumo y ridiculizando el culto pequeñoburgués por los electrodomésticos gracias a los cuales sus padres disfrutaban por primera vez del confort y el ocio. No advertían que se acercaban, de ese modo, a una suerte de ascetismo antimoderno característico del pensamiento conservador. Muchos de los valores que los jóvenes reivindicaban, el tiempo libre y el hedonismo, eran sólo posibles en la menospreciada sociedad de consumo. Sin ningún rubor los jóvenes parisinos iban a las barricadas en el coche que les prestaban los padres. La rebelión juvenil oscilaba entre la ruptura de la sociedad tradicional y la reacción contra la modernización. La clase obrera, por su parte, a la que los universitarios trataron vanamente de sumar a su movimiento, estaban muy lejos de atacar a la sociedad de consumo. Por el contrario, aspiraba a las comodidades que gozaba la clase media. Los obreros hicieron su propia huelga con toma de fábricas pero no le abrieron la puerta a los estudiantes, ni hubo diálogo alguno. El partido comunista y la CGT convocaban a “combatir y aislar” a los que llamaban “grupúsculos de izquierda”. El objetivo de los obreros no era la revolución sino el aumento del salario y la mejora de las condiciones de trabajo; cuando lo consiguieron, levantaron el paro. Se corroboraba así una vez más la teoría de Lenin (Qué hacer): la clase obrera es reformista y la revolución es cosa de intelectuales burgueses.
La sociedad de consumo
La generación de jóvenes posterior al ’68 –exceptuando una minoría de ultraizquierda violenta– no sólo fue desinhibidamente consumista sino que se constituyó en el objetivo de la producción comercial, promotora en buena parte del culto a la juventud. Es curioso recordar que el desencadenante del Mayo Francés fue el reclamo de Daniel Cohen Bendit al rector de la Universidad de Nanterre, por la libertad sexual en el claustro académico. La revolución sexual se identificaba entonces con la revolución social. Años después, sin mediar revolución alguna, existía una libertad sexual como nunca antes hubo en el mundo cristiano. El capitalismo tardío mostraba una vez más su capacidad para asimilar todas las transformaciones y explotó la sexualidad como una mercancía más.
Se iniciaba la “Era del vacío” –según la expresión de Gilles Lipovetsky– de una juventud cool desencantada de las utopías revolucionarias y muy lejos de los ideales sesentayochistas. La contracultura juvenil había sido rápidamente asimilada y aun manipulada por la dinámica del capital. La posición ambigua de los sesentistas producto de la modernización –y a la vez antimodernos– los llevó a una posición política contradictoria: predicaban el antiautoritarismo y la libertad de costumbres. Pero, al mismo tiempo, los modelos que presentaban como alternativos –la China de Mao, el Vietnam de Ho Chi Min o la Cuba de Castro– eran sociedades autoritarias, represivas, militarizadas, donde, pardojalmente, sus adoradores, los jóvenes rebeldes de la democracia burguesa, hubieran sido asesinados o encerrados en un campo de “reeducación”.
* Texto tomado de perfil.com